Buscando una espiritualidad reformada, contemporánea, contextual y transformadora

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BRASIL-

El Rev. Jorge Zijlstra, brindó este martes, la ponencia central de la Pre Asamblea de Jóvenes de AIPRAL en San Pablo, previa a la Asamblea general que comienza este fin de semana. En la ponencia se abordó una espiritualidad reformada, contemporánea, contextual y transformadora

No hablaremos de espiritualidad como un concepto opuesto a lo corporal, a lo político, o a lo humano sino, por el contrario, como una convicción y certeza que nos permite definir nuestra acción desde una conciencia de Dios como el que da sentido a la vida humana y en la que su Espíritu y Palabra resultan elementos centrales para la comprensión de lo que Dios quiere en la humanidad.

Para plantear una espiritualidad reformada, contemporánea, contextual y transformadora es necesario releer la Biblia, las tradiciones y dotar de renovado significado nuestra vida cúltica y devocional.

La vida cúltica se vive desde la iglesia y para el servicio en el mundo, por lo cual la participación en la comunidad de la fe no resulta aleatoria u opcional en el pensamiento reformado. Es desde una vivencia comunitaria de la fe que se disciernen los caminos de misión y se acompañan las luchas en favor de las personas más afligidas. También desde allí se asumen las reformas necesarias de la vida personal y comunitaria.

Por esto la espiritualidad reformada, aunque eclesial y comunitaria, no es encerrada ni sectaria. La perspectiva reformada de la espiritualidad enfatiza que la misma debe ser hacia afuera y no solo hacia adentro de nosotros.

Citando a Cervantes Ortiz dice ser “ser reformado es una actitud espiritual”, a la vez que destaca que la espiritualidad reformada percibida en Calvino era radical y revolucionaria, en la búsqueda del rostro de Dios en la historia y en la búsqueda de liberar a la religión del dominio de los poderosos.

En este sentido la espiritualidad que buscamos en América Latina debe ser:

“Reconciliadora e integradora;  Encarnacional;  Enraizada en las escrituras y nutrida por la oración; Vivificante y liberadora; Enraizada en la comunidad y centrada en la eucaristía;  Abierta a la más amplia “oikoumene” y en relación con las diversas espiritualidades que enriquecen hoy la vida de nuestras iglesias.   (Ofelia Ortega)

Este tipo de espiritualidad no es barata ni gratuita, ni se construye con superficialidades,

“Sabemos, porque este es el testimonio del martirologio latinoamericano, que es siempre una espiritualidad costosa y sacrificial, que se expresa en servicio y testimonio.” (Ofelia Ortega)

Lo que denominamos una espiritualidad reformada contemporánea, contextual y transformadora exige asumir los costos de un compromiso semejante, con la misma convicción que percibimos en la vida y propuestas de las y los mártires de la Reforma, que estaban dispuestos a darlo todo por sus convicciones de fe. La conciencia de aquellas personas:

“… estaba dominada también por la certeza en que la voluntad de Dios debía realizarse en el mundo contra viento y marea, es decir, en medio de los conflictos ocasionados por la lucha entre los diversos intereses humanos. Como humanista que fue, Calvino no dejaba de reconocer la centralidad de lo humano para Dios, pero al mismo tiempo se dio cuenta de que la integralidad de la vida humana y de la sociedad debía traducirse en una espiritualidad eminentemente inclusiva en todos los sentidos.”  (Leopoldo Cervantes Ortiz)

Por esto la espiritualidad reformada contemporánea en clave de transformación debe procurar cambios en el pensamiento y en las prácticas:

“para superar los dualismos impuestos por los hábitos mentales del ambiente: la superioridad del alma sobre el cuerpo (de origen platónico), la separación esquizofrénica entre la Iglesia y los asuntos políticos (fruto de la mentalidad liberal) o la creencia en que la otra vida es el espacio definitivo de la bendición plena de Dios (en demérito de la importancia de esta vida como espacio de gracia).”  (Leopoldo Cervantes Ortiz)

Y agrega: “el potencial de la fe debe ser llevado hasta sus últimas consecuencias, esto es, debe desdoblarse creativamente para convertirse en una fuerza de motivación, alegría y entusiasmo para transformar las condiciones de la existencia humana. Una humanidad liberada de la tutela papal y de la tiranía institucional de cualquier iglesia o institución alienante puede llevar hasta el final el dominio de Dios sobre todas las áreas del quehacer humano. Esta es la premisa principal de la espiritualidad reformada. Por ello, todas las prácticas espirituales y litúrgicas pueden y deben reflejar las posibilidades de una espiritualidad como instrumento de cambio y consolidación de la voluntad divina en el mundo, comenzando con la oración.” (Leopoldo Cervantes Ortiz)

Ya vamos viendo que, en estas perspectivas, una espiritualidad reformada que aspire a ser contextual y transformadora plantea varios desafíos a la comunidad de fe y a cada creyente; especialmente porque llama realizar una introspección que permita discernir los elementos de la identidad que requieren ser reafirmados, así como aquellos que deben descartarse o ajustarse para resultar pertinentes a una realidad de mundo tan distinta a la experimentada por los reformadores, o por nuestros abuelos el siglo pasado.

La cuestión de la pertinencia resulta crucial, porque el mundo de hoy requiere de una espiritualidad que responda a los desafíos de la época que vivimos, a la vez que requiere de la fuerza de un espíritu que genere cambios como lo hizo durante la reforma valdense, la del siglo XVI y las que vinieron después. En este contexto es desafiante traer a la memoria palabras del teólogo taiwanés Choan-Seng Song, ex presidente de la Alianza Reformada Mundial (actual Comunión Mundial de Iglesias Reformadas-CMIR):

“¿Podemos, como hijas e hijos de la familia reformada, seguir ese Espíritu que sopla donde quiere? ¿O nos quedaremos atrás? ¿Pueden ser renovadas nuestras iglesias y congregaciones por ese Espíritu para ser una fuerza espiritual en nuestra comunidad? ¿O se nos privará de él y quedaremos paralizados por nuestros credos, tradiciones y estructuras? ¿Podemos, como Alianza Reformada Mundial, recibir la vitalidad que nos da el Espíritu para ser portadores de esperanza y artesanos del futuro? ¿O pasará de largo dejándonos indefensos, sin recursos, y fuera de la benevolencia de Dios? (…)

La espiritualidad reformada hoy se enfrenta a varios problemas: primero, como redefinir el balance entre individualidad y colectividad, con el fin de relanzar la misión de la Iglesia a personas y comunidades; segundo, ante la dictadura del mercado globalizado, para recuperar no solamente la autoestima de las personas sino su dignidad más allá del consumo; tercero, ante la posmodernidad, que relativiza las creencias y la fortaleza de las relaciones. En suma, la espiritualidad reformada se levanta con la certeza de la fidelidad de Dios a su pacto para, desde esa confianza que propicia el Espíritu, “inyectarla” a todas las áreas de la existencia. Con un fuerte acento autocrítico:

A todas estas preguntas debemos responder con un fuerte “No” o un “Sí”: No, a nuestra propia complacencia, y un Sí al Espíritu que sopla donde quiere; No a nuestro propio egocentrismo, y Sí al Espíritu que siempre va delante nuestro; No a nuestro espíritu de cobardía y Sí al Espíritu que lleva a Jesús a enseñarnos a orar, diciendo: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.

Por consiguiente, ser reformados es reclamar el Espíritu que sopla donde quiere. Ser reformado es renovar nuestra entrega a Jesús (…) Y ser reformado es unirse a ese Espíritu en la aventura de la fe en el siglo venidero. Avancemos, pues, desde aquí hacia el futuro de Dios, inspirados e investidos por ese Espíritu de Dios que sopla donde quiere.” (Choan-Seng Song, citado por Leopoldo Cervantes Ortiz).

La ponencia completa puede verse en PDF aquí:En el espíritu de Jesús, hacia una espiritualidad reformada contemporánea

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