“¿Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado?”

Semana-Santa1

MÉXICO-

Leopoldo Cervantes-Ortiz-

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, el cielo se puso oscuro. A esa hora, Jesús gritó con mucha fuerza: Eloí, Eloí, ¿lemá sabactani? Eso quiere decir: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”.

Marcos 15.34-35, TLA

Siempre que se recurre al evangelio de Marcos como primero de los relatos de la vida y obra de Jesús de Nazaret se hace con la idea de encontrar en él la versión más antigua de los acontecimientos ligados a la figura del maestro nazareno. En el caso de las llamadas “siete palabras” proferidas por Jesús en la cruz, llama la atención que la única referida en este evangelio sea la que nos ocupa, motivo por el cual la abordamos en primer lugar (Mt también la consigna como única frase del Señor). Lc y Jn incluyen tres cada uno. Lo ideal es abordarlas a partir de cada evangelio o por separado, a fin de no incurrir en armonizaciones forzadas e infieles a los proyectos de cada uno de ellos.

Según la interpretación más extendida, Jesús, con esta frase recogida en el idioma mismo en que la pronunció (arameo), citó las primeras palabras del salmo 22, atribuido a David, un canto de alabanza en medio del sufrimiento. La trasposición de este texto a la situación en que se encontraba el Señor implica varios problemas, pues, en primer lugar, tomó únicamente el inicio del salmo sin hacer alusión al resto, aun cuando algunas secciones podrían aplicarse al momento vivido, especialmente los vv. 7-8 (Mr 15.29a), 16 (“horadaron mis manos y mis pies”), pero sobre todo el 18, citado por los demás evangelios (Mt 27.35, abocado a demostrar el cumplimiento de las profecías; Lc 23.34 y Jn 19.24). Ello implica una relación directa de Jesús con los Salmos, la cual ha sido demostrada ampliamente.

En segundo lugar, a partir de esa relación con los salmos debe interpretarse la cita de una oración que no le pertenecía, lo que hace ver a Jesús como alguien seguidor de la tradición sálmica para expresar su experiencia sin necesidad de crear algo nuevo, lo que no le resta espontaneidad. Como siervo que se entregó en su tarea de servicio, afrontó el sufrimiento con plena conciencia: “Mostrar en la experiencia de sufrimiento y de muerte de Jesús el cumplimiento de los salmos de súplica es una manera de responder a la pregunta: ¿quién es Jesús? Jesús es el justo doliente, el inocente maltratado injustamente, como aquel que en los salmos de lamentación grita su desgracia y su miseria, su esperanza y su confianza en Dios”.[1] “La cita del versículo del salmo puede también sugerir aquí que Jesús pudo encontrarse en una situación similar a la del justo del salmo, una situación que el varón de dolores, hundido en la desgracia y la miseria, puede sentir como abandono de Dios. La súplica se eleva hacia un Dios de quien todo haría creer que está ausente”.[2]

El tercer aspecto, quizá el más importante, tiene que ver con la experiencia del abandono por parte de Dios, un asunto que, dadas las circunstancias tan dramáticas, obliga a relacionar la frase con el mensaje de Jesús, tan concentrado como estuvo precisamente en lo contrario de lo que expresa la cita del salmo: la cercanía irrestricta de Dios, el acompañamiento continuo del Padre en la vida humana y la manifestación de su amor en medio de la cotidianidad. Todo ello entra en abierta contradicción con la exclamación de Jesús en la cruz. En realidad, estamos ante un profundo grito de protesta que se complementa con lo acontecido previamente: la oscuridad del cielo en pleno mediodía. No podía ser de otra manera, pues en un momento histórico climático el Hijo de Dios, desde su situación humana, siente el golpe metafísico y ontológico del abandono de Dios, lo más opuesto a lo que había predicado y transmitido durante su labor de servicio y proclamación de la cercanía del Reino de Dios.

La teología contemporánea ha trabajado este tema en el límite de sus posibilidades: Karl Barth dijo que, en ese momento, “Dios actuó como Judas”;[3] Bonhoeffer constató que Jesús murió “ante Dios y sin Dios”; y Wolfhart Pannenberg afirmó que “Jesús murió como un excluido, sumergido en una profunda crisis relacional con Dios”.[4] “Jesús no encontró en sus últimos momentos el consuelo de quien experimenta a Dios cercano y de su parte”.[5] Jürgen Moltmann señaló que Jesús enfrentó la muerte en flagrante contradicción con su mensaje, lo que golpeó profundamente la conciencia de sus seguidores, pues puso en crisis la imagen de Dios que había predicado todo el tiempo, lo cual les resultó escandaloso en grado sumo: “El grito de muerte de Jesús en la cruz es ‘la herida abierta’ de toda teología cristiana, pues, consciente o inconscientemente, toda teología cristiana responde a la pregunta con la que murió Jesús para dar un sentido teológico a su muerte”.[6] Desde América Latina, es Jon Sobrino quien ha seguido esa línea de interpretación acerca del verdadero viacrucis de Jesús vista desde la exclusión como forma de vida permanente.

Las palabras de Cecilio Arrastía son precisas y elocuentes para plantear espiritualmente este drama:

Prescindimos de especulaciones sobre las dos naturalezas del Señor y digamos, así de golpe, que lo primero que esta palabra nos dice es que allí está muriendo no el dios gnóstico, sino el Dios de los cristianos; no una aparición fantasmal, sino un Dios-hombre muy de carne, muy de hueso. Que quien habla ahora con Dios es la humanidad entera en la humanidad de Cristo. Aquí no hay eufemismos, ni conjeturas, ni teorías. Es un espíritu angustiado en un cuerpo lacerado el que clama. En el clamor hay dolor y hay esperanza pues es un clamor cerrado en el molde difícil de una paradoja. Tal parece que todo dolor, hasta el de Dios participa de la tensión de lo paradójico. Pero en esta tensión encontramos algo inspirador. Cristo le pregunta a Dios por qué lo ha desamparado. Pero antes le llama a Dios, “mío”. Y aquí está lo hermoso de la frase: puede llamar a Dios “mío”, en verdad Dios no lo ha desamparado, no ha cancelado el pacto por el cual vive dándose al que sufre. Y mientras se viva así, no hay desamparo real.[7]

Y el poeta Pedro de Padilla (España, 1540-1595) también es puntual y profundo:

De ti muerto, Jesús, nace la vida

que muriendo a la muerte diste muerte,

y de tu amor nos vino aquella muerte

que nos levanta a nueva y mejor vida.

Muerte más venturosa que la vida,

pues libra al hombre de la eterna muerte,

y así mayor trazo que tu muerte

nunca lo tuvo ni tendrá la vida

del sentido, la vida de la muerte,

porque su muerte puede darte vida

que no tema las fuerzas de la muerte.

Muriendo vivo y muero estando en vida,

y estoy tan deseoso de esta muerte

que por poder morir amo la vida.[8]

[1] Michel Gourgues, Los salmos y Jesús. Jesús y los salmos. 2ª ed. Estella, Verbo Divino, 1980 (Cuadernos bíblicos, 25), p. 27, www.mercaba.org/ORARHOY/FOLLETOS%20EVD/025_los_salmos_y_jesus_-_michel_gourgues.pdf.

[2] Ibíd., p. 48.

[3] Cit. por Manuel Fraijó, “El mal: así lo afronta el cristianismo”, en Javier Muguerza y Yolanda Ruano de la Fuente, eds., Occidente: razón y mal. Bilbao, Fundación BBVA, 2008, p. 40.

[4] Ibíd., p. 40.

[5] Ídem.

[6] J. Moltmann, El Dios crucificado. La cruz de Cristo como base y crítica de la teología cristiana. Salamanca, Sígueme, 1989, p. 188, cit. por M. Fraijó, op. cit., p. 41.

[7] C. Arrastía, “Desesperación, necesidad”, en Diálogo desde una cruz. (Meditaciones sobre las Siete Palabras). [1965] 2ª ed. México, Casa Unida de Publicaciones, 1993, p. 43.

[8] P. de Padilla, Sonetos, en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, www.cervantesvirtual.com/obra-visor/sonetos–29/html/00091f94-82b2-11df-acc7-002185ce6064_1.html#PV_43_.

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