Ecología y Teología se abrazaron y se reconocieron

Nancy Cardoso (IEVRP)

URUGUAY-

Crónica de Javier Pioli-

Entre el 26 y el 28 de abril, Ecología y Teología se abrazaron y se reconocieron. Un seminario internacional organizado por el Centro Emmanuel y coordinado por Nancy Cardoso fue la oportunidad para hacer converger dos lenguajes, dos senderos por los que nuestras iglesias vienen caminando de forma tímida pero segura. Esta vez nos dimos cita bajo una gran carpa para dejarnos llevar por una propuesta desafiante y seductora: pensar la Ecoteología desde el profeta Oseas.

Los pollitos hacen pío-pío-pío,

cuando tienen hambre, cuando tienen frío.

La gallina busca el maíz y el trigo,

les da su comida, y les presta abrigo.

Bajo sus dos alas, acurrucaditos,

hasta el otro día duermen los pollitos.

Nadie que haya participado de este seminario admitirá haber escuchado allí esos versos. Es que nunca resonaron bajo esa carpa. Pero sí lo hicieron en mi mente, como un recuerdo personal que despertó y se reavivó frente a las palabras de Nancy Cardoso. Y esto ocurrió precisamente porque la Ecoteología tiene la capacidad de evocar e interpelar a nuestra propia experiencia de vida, a nuestra sensibilidad y a la memoria emotiva.

Moralismo, idolatría y prostitutas

Bajo el título “Conversión y transición ecológica”, el seminario estuvo orientado a establecer un diálogo entre la problemática socio ambiental actual y el contexto de vida y de redacción del libro de Oseas.

La frescura y la capacidad de adaptarse a los cambios fueron dos cualidades de las que Nancy Cardoso supo valerse para presentar un taller que fue atrapante. Entre los concurrentes, muchas personas destacaron el equilibrio que hubo entre dinámicas participativas y más distendidas, y momentos para clarificar conceptos, con gran solidez académica.

Para abordar el libro de Oseas, Nancy Cardoso proveyó de un contexto histórico que permitió comprender el centro de la problemática. En tiempos de Oseas, el culto a Baal, la prostitución sagrada y los ritos de fertilidad eran una realidad que coexistía con el culto yahvista heredado por el pueblo de Israel. Se planteaba allí un escenario de ‘competencia’ entre divinidades. Pero esos desajustes eran mucho más profundos que la problemática religiosa en sí. Según Nancy Cardoso, cuando Oseas denuncia la infidelidad del pueblo de Israel, bajo es denuncia subyace la crítica a formas de explotación y de sumisión que el culto a Baal justificaba.

Para esta teóloga, detrás del problema entre culto a Baal y el culto a Yahveh lo que existía era una pugna entre dos modelos de producción y sus formas religiosas correspondientes. Por un lado un culto centrado en los rituales de fertilidad, enfocado en la abundancia, la fiesta y la ostentación; un culto asociado a la ciudad, al poder político centralizado, a la necesidad de un Estado fuerte. Por otro, el culto a una divinidad del desierto, del vivir con lo justo, de la producción en pequeña escala, más enfocada en lo local y en las relaciones tribales y familiares. De un lado una producción masiva para un dios poderoso y exuberante que necesita ejércitos y mercaderes; del otro lado un trabajo de la tierra más modesto y local, con un dios pastoril poco ostentoso.

Planteado ese escenario, en el libro de Oseas el pueblo aparece personificado como Gómer -esposa del profeta-, quien oscila entre los ofrecimientos del culto a Baal y la fidelidad a Yahveh, entregándose a un sistema o a otro en función de la necesidad, de las ofertas del momento, de la desesperación por el hambre de sus hijos. Es entonces que sobreviene la acusación, despechada, sanguínea, doliente de Oseas (¿o de Dios?): puta. Mi pueblo se ha prostituido como una puta (ver Os.2:1ss). Mi pueblo busca en Baal sus amantes y luego viene a mí.

Según Nancy Cardoso, una interpretación moralista y fundamentalista del texto se quedaría con el insulto, con la sola condenación de la idolatría. “Israel se prostituye, se entrega a dioses ajenos” –diría quien busca el culpable en el texto. Es esa visión el pueblo y la mujer son demonizados, son los culpables de la idolatría.

-¡Pero no es culpa de las mujeres! –dice Nancy Cardoso, ajustando la clavijas, apuntando más allá de la moralina que crucifica a Gómer. Para esta teóloga, en el texto la mujer es el lugar en el que se hace visible la perversidad de la pobreza, de la necesidad del pueblo, que vive en tensión entre dos proyectos de vida opuestos.

¿Es difícil encarnar esta situación en nuestra vida cotidiana? No si cambiamos el lente, no si salimos del moralismo de las viejas interpretaciones. Entonces podremos advertir la tensión de aquellas estructuras que prostituyen al precio de la necesidad.

Como a una amante

Durante el seminario, dos sillas vacías en medio de la carpa invitaban a las personas a elegir, por unos minutos, entre dos lugares antagónicos. Uno de esos asientos representaba aquellas formas de relación con la Tierra que podríamos definir como ‘pornográficas’: son las formas totalitarias de producir, estandarizadas, centradas en el lucro, que se imponen por la fuerza y que despojan a las personas de sus culturas de origen. Es la pornografía del fast-food, de las ofertas de supermercado, de los pollos encandilados por las luces del galpón.

En la otra silla, las formas eróticas de relacionarse con la Tierra son las que reivindican el uso de los sentidos, las que instan a construir vínculos no basados en la explotación, las que invitan al autoconocimiento y al conocimiento de la otra persona. Esa última es una dimensión más lenta y sensible: es la de quien amasa el pan en casa, la de quien cultiva sus propios rábanos, la de quien reconoce los tomates por su aroma o compra la cerveza a un productor vecino.

Al ubicarnos en esas sillas y al dar nuestro testimonio comenzamos a darnos cuenta de que vivimos en la tensión entre ambas formas. Es difícil escapar a esa tensión. Tomar conciencia de ello es removedor, pero es un proceso (¡una transición!) mucho más valiosa que aceptar las cegueras impuestas.

Según Nancy Cardoso, para continuar en esta transición es necesario que también deconstruyamos el imaginario que nos hemos hecho sobre Dios y sobre la Tierra. Normalmente la imagen que asociamos con la Tierra es la de madre. Es la Madre Tierra que provee, que protege, que sacia el hambre, que arrulla, que recibe, que se entrega. Todos roles maternales en los que la Tierra está en un lugar sacrificial, de despojo, en condición de dar todo por sus hijos/as sin pedir nada a cambio. Es una mártir-maternidad, una imagen muy divulgada por el pensamiento judeocristiano.

-Pero… -diría Nancy- ¿Y si viéramos a la Tierra como a una amante? Entonces nuestra forma de comprender la relación humana con la naturaleza se subvertiría. Sería un vínculo de mutualidad, de búsqueda y exploración, de respeto y de aceptación, una relación que se renueva en cada encuentro, en cada pausa, en cada gesto. La imagen de una madre incondicional no permite esta comprensión. La de una Tierra que ama y que desea ser amada sí.

¿Un Dios-gallina?

Durante el seminario, Nancy Cardoso recordó una imagen muy interesante con la que Jesús se identificó en uno de los evangelios. Estando en Jerusalén, él mismo se comparó con una gallina en el gesto de reunir y cobijar a sus polluelos, aunque estos se niegan (Mt.23:37). Aquí Dios toma para sí la imagen maternal, la de una madre abnegada y negada a la vez. Una gallina, olvidada por sus hijos/as, a poco de ser faenada.

En cierto sentido, parece que nuestra forma de relacionarnos con la Tierra se parece a la actitud de esos pollitos. Aunque muchas veces la homenajeamos representándola como una madre protectora, esta madre ha sido convertida en sirvienta, en esclava de un sistema que se comporta como hijo tirano, hedonista, brutal, inclemente. Un sistema que le pide cobijo cuando lo necesita, pero que no responde cuando ella sale a buscarlos. Un sistema capaz de picotearla hasta la muerte.

Quizá no deberíamos abandonar del todo la imagen de la Tierra como madre. Pero no como la madre incondicional, sino como la madre que reprende, la que pide reciprocidad, la que ofrece un amor exigente. Es que al cobijar, asear, alimentar y estimular, las madres (y los padres), transmiten a sus hijos una cultura del cuidado y de la mutualidad. Una cultura que nos religa.

Esa es la maternidad que debemos celebrar y reconocer en la Tierra. Una Tierra que nos enseña, desde pequeños/as a sostener una ética del cuidado. Una Tierra a la que podamos recurrir, no para explotarla, sino para aprender a amar.

Ô, Mamãe / abraça eu Mamãe, / embala eu Mamãe / Tem dó de mim.

El autor es parte del Equipo de Ecoteología del Centro Emmanuel

Nancy Cardoso es pastora metodista, licenciada en Teología y en Filosofía, con un doctorado en Ciencias Religiosas y un post-doctorado en Historia Antigua. Ha integrado el Consejo de Redacción de la Revista Latinoamericana de Interpretación Bíblica (RIBLA) y es asesora de la Comissão Pastoral da Terra (CPT).

Publicado en el sitio de la Iglesia Evangélica Valdense del Rìo de la Plata

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