“La literatura desconfía de la iglesia como institución de poder terrenal”: entrevista a Adán Medellín

Adan Medellin

MÉXICO-

Leopoldo Cervantes-Ortiz-

Adán Medellín (1982) es un joven escritor mexicano de formación protestante metodista. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM, es editor en una importante revista y forma parte del Consejo Editorial de Casa Unida de Publicaciones. Ha colaborado en diversos medios culturales y periodísticos. En los últimos años ha sumado varios reconocimientos en su ascendente carrera literaria. Algunos de sus libros son: Vértigos (2010), Tiempos de furia (2013), El canto circular (Premio Nacional de Cuento Sueño de Asterión 2013), Blues vagabundo (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2017), Acéldama (Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza 2019) y El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico, de Héctor Viel Temperley (Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas 2019). A propósito del último título accedió gentilmente a responder este cuestionario.

El premio de ensayo literario que acabas de obtener es por un acercamiento a la obra de poeta argentino Héctor Viel Temperley (1933-1987), sobre el que te has ocupado antes. ¿Cómo presentarías brevemente la importancia de este autor?

Héctor Viel Temperley fue un poeta argentino que eligió salirse del canon literario durante su vida. Se desmarcó de la poesía de su generación y, sin embargo, su búsqueda poética fue tan orgánica, tan física, tan espiritual, tan intensa en su aproximación al lenguaje, que lo ha convertido en un referente para los poetas nacidos a partir de los años 70 en distintas regiones del Continente. Hacer que la natación, la respiración o la cirugía converjan en el discurso poético abre ojos y caminos para otros en la escritura. Libros como Crawl y Hospital Británico están ahora en el bagaje de muchos poetas y estudiosos de poesía como algunas de las tentativas más arriesgadas y admiradas de la poesía contemporánea hispanoamericana.

Tu trayectoria como escritor ha sido mayormente como narrador. ¿Cómo compaginas esa labor con la de ensayista?

Es una feliz coincidencia. A la par de mi trabajo narrativo, escribo artículos breves y reseño continuamente literatura en diferentes espacios. Por supuesto que se trata de ejercicios de reflexión más breves, pero eso deja indicios para retomar con mayor extensión y profundidad ideas que se encadenen en un ensayo. Para mí, el ensayo es la narración profunda de una serie de ideas en torno a un tema, un autor, un problema. Yo hallé en la poesía de Viel un territorio para explorar desde distintos ángulos: la cirugía, el viaje místico-chamánico, la natación, el éxtasis, la escritura al borde de la muerte. Me gustan mucho los libros de Pascal Quignard o Pietro Citati, donde el ensayo se une con la narración, la reflexión, el fragmento, el aforismo o la disquisición para sumergirnos en una materia y atraer las periferias vinculándolas a un centro.

¿Tu interés es principalmente por la poesía o te atrae más la narrativa?

Inicié mis intentos de escritura tratando de escribir poesía. La leía mucho. No pude ser un poeta, pero hallé en la narrativa un lenguaje y un modo de articular las historias, los tonos y las inquietudes que me importaban. Ahora leo y me concentro mucho más en la narrativa (cuento, novela), pero siempre estoy pendiente cuando escucho de una obra poética que vale la pena. También tengo varios amigos poetas que me ayudan como radares actuales en la poesía mexicana, latinoamericana o de otras latitudes.

¿Qué opinas de la forma en que los/as poetas latinoamericanos desarrollan el tema religioso?

Literatura y religión tuvieron una relación fértil y profunda en los poetas latinoamericanos, aunque creo que se redujo más después de la Segunda Guerra Mundial, con el auge de un existencialismo ateo o la crítica social que alcanzó a la Iglesia como institución. Hablando de México, uno puede encontrar constantes alusiones y referencias bíblicas en poetas tan populares como Jaime Sabines, a quien algunos han vinculado con poetas conversacionales católicos como el español Blas de Otero. Otro poeta mexicano actual que ha trabajado la poesía religiosa es Javier Sicilia. En Latinoamérica, por mencionar un puñado de casos emblemáticos que han unido la fe, la crisis existencial personal y el contexto social está la unión de cristianismo y revolución en Ernesto Cardenal, la relación de locura y misticismo de Jacobo Fijman, el trabajo con el espacio bíblico vuelto relato de cenizas en Diego Muzzio, los correlatos de los profetas y el desierto de los desaparecidos en Raúl Zurita y la mística natatoria y extenuante de Héctor Viel Temperley.

¿Consideras que existe un buen diálogo entre la literatura y lo religioso en América Latina?

Creo que son dos universos que se han ido separando por desacuerdos y malentendidos que no pasan sólo por lo teológico, sino por lo sociopolítico. Aunque la literatura abreva continuamente en los simbolismos y los relatos religiosos, desconfía de la iglesia como institución de poder terrenal, escandalosamente corrompida, conservadora y aliada a regímenes que dejaron catástrofes en la historia reciente. Los escritores han elegido ese relato para mirar lo religioso, obviando muchas veces el trabajo cultural y solidario que vino de personajes ligados a la fe; aunque me parece notar una irremediable nostalgia de lo divino que nos asalta en un mundo que sentimos apocalíptico, solitario, poco empático y hondamente desigual. Por eso, a la par de esta desconfianza en lo religioso institucional, veo muy fértil la fascinación literaria por la figura de Cristo. Renan, Papini, Artaud, Steinbeck, Kazantzakis, Leñero, Saramago, Mailer… La imagen de Jesús no ha dejado de ser narrada, poetizada, reinterpretada por cada generación de escritores desde puntos de vista tan distintos como la de un revolucionario, un loco, un visionario, un guía espiritual, o incluso un hombre común y sencillo tan bendecido como azotado por Dios.

¿Quiénes son las referencias o influencias primordiales en tu trabajo narrativo?

Muchos autores me han aportado grandes cosas en mi aprendizaje. En cuestiones de narrativa, regreso a las obras y tengo en estima especial a Antonio Tabucchi, John Steinbeck, Jack Kerouac, Juan Carlos Onetti, Herman Melville, Antonin Artaud, Bruce Chatwin, Ross Macdonald, Herta Müller, Ricardo Piglia, Haroldo Conti. No puedo dejar de lado la Biblia y a poetas como Giuseppe Ungaretti, Fernando Pessoa, Raúl Zurita y el propio Viel.

¿Cuál crees que es el “estado de salud” de la narrativa mexicana en la actualidad?

Goza de buena salud. Aunque hay grupos editoriales dominantes que nos ofrecen la mayor parte de lo que leemos, creo que los esfuerzos independientes nos están brindando voces relevantes y profundas para leer distinto. Lo interesante es avanzar en la descentralización y la comprensión de las distintas realidades que se encarnan en la literatura de los muchos Méxicos que somos. Tenemos enfoques, voces y temas diversos que van desde la violencia hasta las maneras de habitar el cuerpo y el espacio íntimo. Emergen narradores valiosos en los cuatro puntos cardinales. En este momento, particularmente las escritoras nos están mostrando el camino: Fernanda Melchor y Liliana Blum están a la cabeza. Hay otros destacables como Juan Pablo Villalobos, Alejandro Arteaga, muchos más.

También eres editor de una revista de amplia circulación. ¿Qué tanto atienden los lectores de la misma las propuestas literarias que aparecen allí?

Creo que la conexión más directa para notar la atención que despiertan las propuestas de literatura está en la respuesta lectora en las redes sociales. Puedo notarlo con la columna web de literatura y los textos que publico y llegan a internet. Las revistas electrónicas, los blogs, las comunidades lectoras se siguen aglutinando alrededor de espacios virtuales. Con la disminución de suplementos y páginas culturales en papel, hemos perdido espacios físicos, pero debemos ganar en creatividad y en solidaridad entre el gremio y los interesados en la literatura para captar y mantenernos en contacto con los lectores mediante internet. Otra vez las mujeres nos están mostrando el camino con colectivos, dinámicas virtuales y maratones de lectura, reuniones, encuentros y otras formas de socialización. Ahí está la vida activa lectora de nuestro tiempo.

¿Piensas que la política cultural del nuevo gobierno mexicano va por buen camino, especialmente en el campo de la promoción de la lectura?

No sé, no tengo muy clara la estrategia de lectura del nuevo gobierno. Me parece un acierto que busquen eliminar la idea de que el libro es un objeto de lujo abaratando los costos de algunas obras en catálogo o en bodega, pero creo que también se requiere un mayor apoyo e incentivos para bibliotecas, salas y promotores de lectura, gestores culturales en los Estados, escritores y traductores en lenguas originarias. Si seguimos reduciendo los presupuestos destinados a esos encuentros de gente que trabaja por los libros y las comunidades, si disminuimos el apoyo a proyectos de creadores jóvenes o los premios para obras de literatura, la voluntad de extender la lectura a los diferentes rumbos del país no puede concretarse.

Finalmente, ¿qué mensaje darías a los jóvenes que tratan de articular su fe con la literatura e incluso a quienes desean escribir en algún género particular?

La experiencia espiritual no está desvinculada de la experiencia creadora e intelectual. No deben ser realidades aisladas. Mi contacto con la literatura busca articular y plantear preguntas que nacen de mi fe, de mis dudas, de mi visión de este mundo roto y nostálgico de la comunión con lo trascendente. Desde las palabras me concibo libre para preguntar, para dialogar, para aprender, no para lanzar homilías ni recetas de vida. Tomo mi fe como un punto de partida para explorar abiertamente ese otro mundo que se crea con el lenguaje, las historias, las palabras. Mi fe imperfecta y persistente me acompaña a navegar la literatura. Es un camino de valentía, de inconformismos, de resistencia; pero también de amor, de diálogo y aceptación del otro.

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