La última cena

Foto de archivo

GUATEMALA-

Por Kevin Moya-

Escribo esto desde la cuarentena y muy probablemente ustedes me estén leyendo en medio de su cuarentena. Precisamente este tiempo nos ha llevado a re-pensar nuevas cosas, desde las cosas cotidianas, hasta cuestiones más filosóficas o existenciales.  

Me ha llamado la atención cómo la pandemia ha modificado las dinámicas eclesiales y demás cosas concernientes a la espiritualidad.  Noté muchas personas con mucho afán de responder a la necesidad “de la liturgia dominical”, ¿cómo lo haría? ¿qué forma sería la mejor?, etc.  y es por ello que me surgieron varias interrogantes más, me pregunto: ¿estamos condicionadas/os a un culto dominical? ¿nuestra búsqueda de la divinidad, se relega a una liturgia? ¿cómo es la relación con Dios, fuera del culto dominical?

Me temo que, para la mayoría de cristianas y cristianos, el culto se ha vuelto un reduccionismo de su relacionamiento con la divinidad y su vida espiritual. Hemos hecho de Dios, una serie de fórmulas, horarios, ornamentos y estamentos. No hay Dios sin el sermón del pastor o pastora, ni comulgación sin las hostias y el vino consagrado, tampoco adoración sin los instrumentos y el grupo ejecutándolos; no hay Dios, sin templo. 

Por eso puse este título a esta columna: La última cena.  Porque ¿para cuantas personas la última vez que estuvieron en el templo, no fue contada como su “última cena” con Jesús y sus hermanas/os?  Ese adiós de su fe, de su esperanza, de su comunidad e incluso de todo un proyecto; después de lo cual sólo vino un gran silencio, desesperanza, desolación, incertidumbre, frustración o abandono.  Poniendo otra figura, son como “ovejas sin pastor”; han quedado en la nada, sin rumbo, sin sentido y sin la voz que les diga hacía dónde ir o qué hacer.  Sin embargo, este fenómeno tal vez nos hace la invitación hacia nuevos horizontes, hacia nuevos “pastos verdes”.  

La invitación de la Santa Cena

 La Eucaristía de Jesús con sus discípulas y discípulos antes de su crucifixión, nunca fue la última ni tampoco pretendió serlo, pero sí fue un “antes de”.  Jesús luego de la resurrección, come pescado a la orilla del mar y cena en la casa de una pareja de discípulos.  Esta misma escena en la mesa junto a la mencionada pareja, es reveladora, pues no es hasta que Jesús parte el pan y da gracias, que la pareja le Reconoce, ¿qué provoca dicho reconocimiento? Pues la mesa y el repartimiento del pan.  No era un culto oficial, ni el templo y tampoco una sinagoga, era una mesa común en una casa común.  Le daré otra narración a esa escena y la pondré así:  imaginemos que aquella pareja encuentra en el camino a un desconocido y migrante y luego le entablar una plática con él, se dan cuenta que no tiene dónde dormir y comer. Entonces lo invitan a su casa. Allí le convidan comida en su mesa y cuándo éste hombre felizmente come el primer bocado (como seguro comeríamos en dicha situación), esta pareja se da cuenta que de eso se trataba el mensaje de la cena con su maestro.   La invitación de la Santa Cena es a que cada Cena la hagamos Santa; que cada vez que nos reunamos alrededor de la mesa, recordemos que ese es el espíritu evangélico (que concierne al evangelio de Jesús), es la esencia cristina, un momento de convergencia en dónde está Jesús y se da lugar a la “justicia, paz y gozo del espíritu” (Rom 14.17). Cada vez que nos juntemos a beber y comer, hacedlo “en memoria mía” (1 Cor 11.24-26).

Esto pues, nos revoluciona la vida cotidiana y nuestra espiritualidad, porque creyendo que la eucaristía (ese momento sagrado) lo realizamos cada tanto en nuestros templos, en realidad se encarna en nuestra sencilla mesa, o sea en cualquier momento en que convergemos.  Esto también nos hace quitar esa división entre lo público (templo, espacios sagrados) y lo privado (casa, familia, trabajo). Permite entrar a Dios a cenar con nosotras/os e involucra nuestros espacios en lo sagrado. 

En este tiempo de confinamiento y de dinámicas virtuales, podemos experimentar esta nueva cena con Dios, Emmanuel (la divinidad con nosotras). Pues si esta emergencia nos hizo a muchos juntarnos de nuevo alrededor de la mesa, nos puede provocar también una re-ubicación de los espacios sagrados y de nuestra espiritualidad. 

A la vez, esta brusca ruptura que nos provocó la emergencia con las formas tradicionales de “buscar de Dios” o de “vivir la fe”, nos puede resultar en un paso hacia la independencia, la autonomía y la responsabilidad personal. Pues quizás nos habíamos hecho co-dependientes de “formas” y “códigos” y en lugar de crecer, nos envolvíamos más en una relación tóxica.  Quizás no siempre debamos ser ovejas o siempre debamos ser pastores. Pero sí debamos ser semillas de mostaza que crecen hasta convertirnos en un árbol grande, que da frutos, alberga vida en sí mismo y co-existe con su entorno. 

Cosa buena es que, a partir de estas cuarentenas, nuestras cenas cotidianas sean el reconocimiento de Jesús en nuestra comunidad. Sea retornada nuestra esperanza sabiendo que no fue nuestra última cena, que no todo está perdido, sino que es momento para un nuevo relacionamiento con nuestra espiritualidad, con mi hermana y hermano, con nuestro entorno y con nuestras formas de “estar” en el mundo. Que, en lugar de aislarnos más, nos volvamos más colectivas y re-dimensionemos todo lo que nos rodea, hacía la vivencia de lo sagrado.

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