Día Internacional de la infancia: Ver a la niñez, ver a Dios

CUBA-

Por Ofelia Ortega-

No deja de ser sorprendente —aun desde el punto de vista humano- cultural— el aprecio que en el Antiguo Testamento hallamos hacia la infancia. El niño es cuidado, es protegido; el niño integra el pueblo de Dios y tiene un lugar preferencial en la familia; el niño es objeto de una educación especial (cf. Pr 3: 1-18) y, también, prefigura la relación ideal de todo ser humano con el Señor (cf. Sal130). Niñas y niños, en la visión del Creador son actores de transformación y protagonistas del Reino.

Más sorprendente aún es el niño anónimo del Antiguo Testamento. Es el niño del futuro, el niño de la esperanza, de la justicia, del amor y de la paz. Es el niño que anuncia un mundo nuevo: “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro, el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará”. (Is 11,1-8)
Ante la alegría de este anuncio, solo cabe el asombro y la aclamación: “un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se
llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz (Is 9,6).

En la historia de la salvación, se descubre una sola línea: se elige lo más débil para confundir a lo fuerte (cf. 1 Co 1,27). Ahora, este camino llega al
colmo del amor: el Dios omnipotente, el inefable, el inaccesible… llora, tiene hambre y padece frío en un rincón de un pesebre. Es Jesús niño —que es
Dios quien asume todas las dimensiones de la encarnación: la infancia, la dependencia y un proceso de crecimiento.
Hay en el Antiguo Testamento una historia sorprendente de una adolescente que desde su cautividad inicia un proceso de sanación de un ser humano. ( 2 Reyes 5-1-3).

Vemos el rostro de Dios en la niñez
En su libro “Un niño los pastoreará”, Harold C. Segura nos invita a repensar los rostros de Dios en relación con las niñas y los niños. Según él, tenemos que descubrir “los rostros escondidos de Dios” (1) que la teología tradicional ha ocultado:
El Dios que juega: Jesús observa jugar a los niños. Aquí tenemos un hecho muy concreto: los niños sentados en la plaza juegan. En Mateo 11,16 se narra la parábola de los chiquillos que tocan la flauta a sus amigos y que
juegan a imaginarios juegos de mímica. Para Jesús, ellos son los inteligentes, porque es a ellos, y no a los sabios, a quienes Dios ha entregado su palabra
(Mt 11,25). Es en medio de la alegría de sus risas que Dios refleja la grandeza de su gracia.
El Dios madre, que enseña a caminar a sus hijas e hijos atrayéndolos con cuerdas de amor (Os 11,2-4) y dándoles de mamar (Is 66,12-13; 46,3; 49,15-
16a).
El Dios tierno, que cuida a los polluelos debajo de sus alas como una gallina amorosa (Lc 13,34).
El Dios poeta, que nos conduce a usar la belleza de las expresiones del corazón sin el análisis exhaustivo de la razón.
El Dios de lo pequeño, que valora a los humildes y la pequeñez de los que no son valorados adecuadamente (Is 60,22).
El Dios ecológico, que hace un pacto no solamente con los seres humanos sino con toda la creación (Os 2,18).
El Dios Go’el, el pariente cercano, el Redentor que rescata al pueblo (Is 41,14; Is 43,1). Esta palabra, go’el, tiene un significado muy amplio. La mejor
traducción es hermano mayor. Jesús se volvió nuestro hermano mayor (Ro 8,29; Col 1,15; He 1,6).(1)

Así, encontramos en las Escrituras una nueva forma de hablar de Dios. En ella no se usaron las imágenes religiosas, sino las extraídas de la vida
diaria.

La revolución de la ternura
Solo dos veces encontramos en los evangelios la palabra “caricias”, y las dos veces serán caricias aplicadas a los niños (cf. Mc 9,35-36; Mt 18,1-5).
Jesús los abrazaba con una ternura inigualable. Hay en Jesús ese enorme misterio de una infancia permanente. Debió ser esa luz infantil de sus ojos lo que desconcertó a Pilatos y enfureció a Herodes.

Como podemos ver, los niños corrían hacia Jesús. Los niños tienen un sexto sentido y jamás correrían hacia alguien en quien no percibieran esa
misteriosa electricidad que es el amor. Uno de los pasajes cumbres de la revelación de Dios se encuentra en Juan 6,1-13. Allí Jesús se va a revelar
como pan de vida, y aparece el niño. El niño no habla, pero está allí; sigue a Jesús y está fascinado por todo lo que él hace. El discípulo Andrés lo descubre junto con sus cinco panes y dos peces, y así, calladamente, el niño entra en la historia de la salvación.

Como pedagogo, aquí Jesús plantea una revolución. En el mundo judío los niños eran cuidados y apreciados como bendición, como don de Dios; pero eran, a la vez, el objeto de la educación según la Ley, los que debían recibir la enseñanza de los ancianos y mayores. Y ahora viene Jesús y cambia toda la pedagogía: el modelo no es el adulto, sino los niños; la enseñanza demanda también un cambio de modelo, en que se les permita decirnos su verdad y darles la oportunidad para que nos muestren el camino del Reino.

Al leer esta historia tenemos que reconocer que la figura del niño llega a ser considerada como un “sacramento” para recibir a Jesús: “El que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe” (Mt 18,5). Las niñas y los niños representan la imagen de la criatura humana más pequeña, indefensa o en situación de necesidad: “En verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mt 25,40). Es en el niño que Jesús pide ser amado. Por esta razón, hay que hacer todo lo posible para librarlo de todos los Herodes que quieran suprimirlo, tal como él mismo fue salvado y defendido por José y María (Mt 2,13-23).

Pero la ternura de Jesús se convierte en dureza y en advertencia severa frente a todos aquellos que se atreven a hacerles daño: “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y lo hundan en lo profundo del mar” (Mt 18,6). La ternura que propone Jesús reviste exigencias de este tipo y se muestra auténtica solo si respeta la persona de las niñas y los niños y su plena dignidad.

La niñez sin sueños
En la fase de evolución de la humanidad en que nos encontramos, tenemos que preguntarnos: ¿dónde y cómo están las niñas y los niños sin
sueños?

Entre las tantas injusticias que caracterizan el panorama social del mundo contemporáneo, una de las más lesivas al desarrollo humano es la explotación de menores.
Según estadísticas recientes, alrededor de doscientos quince millones de niñas y niños trabajan en las más disímiles labores, la mayoría a tiempo
completo. De estos, una buena parte están expuestos a las peores condiciones, como permanecer en ambientes peligrosos, realizar trabajos
requeridos de un esfuerzo superior a su capacidad física, o participar de actividades ilícitas, incluidas el tráfico de drogas y la prostitución.

Datos proporcionados por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) revelan que más de la mitad de los infantes trabajadores tienen una edad
comprendida entre 5 y 14 años. La mayor parte lo hace en la agricultura; alrededor de un millón en la minería, mientras más de diez millones se
desempeñan en el trabajo doméstico, labor esta última devenida la primera ocupación de las niñas menores de 16 años en todo el mundo.

Pero el lado más oscuro del empleo se materializa mediante la trata. Más de un millón de los pequeños convertidos en mercancía son víctimas de
procederes macabros, incluidos el tráfico de órganos y la adopción ilegal.

Otro triste destino es el de alrededor de trescientos mil pequeños transformados en soldados y, con frecuencia, víctimas principales de las
guerras y las migraciones en el planeta.

Sin embargo, podemos afirmar que Jesucristo y los evangelios se adelantaron a la historia y a la Convención sobre los Derechos del Niño, al
afirmar el derecho de la niñez a la vida.

Reimaginar a Dios desde la infancia
Las niñas y los niños son parte del pueblo. Ellas y ellos son pueblo. De la niñez debe aprender la teología. Cuando decimos que estamos haciendo
teología infantil, lo que realmente hacemos es un discurso acerca de Dios para las niñas y los niños. La teología generalmente ha sido y continúa siendo adultocéntrica, y quizás por eso ha ganado fama de aburrida.

Jesús ha hecho del niño teología práctica, no teología del niño. Él no veía al niño como instrumento para hacer teología, sino que hizo del niño mensaje teológico. El niño en sí es ya un misterio divino al que somos invitados a prestar atención y descubrir el mensaje de Dios para los que estamos alrededor de ellos.

La infantil teología se abre al misterio y al juego. Tiene humor, ternura, sencillez e ingenuidad. No razonan las niñas y los niños, se dejan abrazar pr
él o ella, se dejan besar con emoción y dulzura, sencillamente se dejan encantar. No es teología para la fe que exige razones, es teología para la razón que pide recreo para jugar de vez en cuando. No la motiva la apologética ni pretensiones de ser “única verdad”; más bien les interesa hacer amigas y amigos con quienes jugar y divertirse.

Es cierto que no hay maestros más capaces que los niños. En su magisterio dominan como nadie la ortografía de la vida; nos admiran, nos
interrogan, nos ponen puntos suspensivos, y hasta nos dan el punto final. Según el criterio de Rubem Alves, teólogo brasileño, “el propósito de la
vida es ser felices. Cosa de niños. Felicidad es cosa de niños, volver a ser niños —dijo Jesucristo. Lo dice el psicoanálisis y lo dice una antigua tradición religiosa que llegó hasta afirmar que la mayor seriedad de Dios sucedió cuando Él se hizo niño”.

¡Subamos al tren de la alegría! ¡Hablemos cosas del amor!
¡Parezcámonos a las niñas y los niños!

(1) Harold C. Segura: Un niño los pastoreará: niñez, teología y misión. Editorial Mundo Hispano, El Paso, Texas, 2006, p. 48.



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