Los rostros del racismo contemporáneo: “si George fuera blanco, estaría vivo…”

Rev. César Henríquez-

VENEZUELA-

La muerte de George Floyd en Minneapolis, un afroamericano, causada por un oficial de policía mientras era arrestado, coloca nuevamente la realidad del racismo como elemento constitutivo de las relaciones de poder y manera de cómo las sociedades occidentales se han estructurado. Someter a un hombre con la rodilla en su cuello, mientras éste suplica por su vida, ante la indiferencia de los otros policías, no es un caso aislado, es la manera naturalizada de cómo opera el poder en occidente. En el imaginario social cada vez que escuchamos la palabra racismo la relacionamos, casi exclusivamente, con una persona de piel oscura que recibe atropellos y discriminaciones de parte de personas de piel clara o blanca. Aunque, ciertamente esta es una manifestación de racismo, no es la única por lo que no da cuenta de la bifurcación conceptual y fenoménica que implica el término. En este sentido racismo no se reduce a un asunto de “color de piel”, lo incluye más no lo agota. La superioridad racial que los ingleses impusieron sobre los irlandeses, no fue sobre la base del color de la piel, sino sobre la base de la religión, ya que ambos pueblos compartían “el mismo color de piel”. En la historia hay muchos más ejemplos.

El racismo tiene que ver con un imaginario hegemónico que interpreta y organiza la sociedad a partir de criterios de poder que dividen a las personas en superiores e inferiores que a su vez determina quien es humano y quién no. En otras palabras, esta estructura de dominación jerárquica distingue entre quienes tienen dignidad humana y quienes carecen de ella.  Es decir, quién puede ser tratado como tal y quien no; quienes deben ser reconocidos socialmente como ciudadanos con derechos civiles, políticos, laborales, entre otros y quienes deber ser invisibilizados. En palabras de Fanon hay personas que viven en la “zona del ser” y por tanto disfrutan del privilegio de ser personas, mientras otros que habitan la “zona del no ser” sufren la negación de su dignidad, por tanto, son considerados no personas o sub-humanos.

Esta racialización del mundo occidental, la cual se ha reproducido históricamente en el ADN cultural de las sociedades sometidas, comenzó desde que los europeos pisaron las tierras de Abya Yala en el siglo XVI y conceptualmente desde las conocidas discusiones entre Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas en Valladolid. El primero no veía ningún pecado en esclavizar a los indios, debido a la ausencia de alma en ellos, lo cual mostraba su inferioridad; mientras que el segundo argumentaba que, tenían alma, pero que se encontraban en condiciones de barbarie por lo que había que cristianizarlos. Ambos posicionamientos muestran el carácter racista de la conquista, uno que privilegia el racismo antropológico y el otro el cultural; ambas narrativas se han naturalizado a lo largo de todos estos siglos asumiendo rostros diversos, donde el color de la piel es solo uno de ellos.

En este caso el Norte Global se atribuyó el derecho divino de establecer quienes pertenecen a la “zona del ser“  y quienes a la “zona del no ser”, quienes deben ser considerados como humanos con derechos y quienes como no humanos y sin ciudadanía. En consecuencia, el parámetro para clasificar a los diversos grupos parte del modelo de sociedad y de “humano” de los vencedores, quienes se imponen por medio de la fuerza y la violencia, y cuyos criterios de clasificación incluyen la pigmentación de la piel, la religión, el género, la orientación sexual, la condición socio económica, entre otros. Se posiciona una visión imperial global de centro-periferia, arriba-abajo, en la cual el centro y el arriba están representados por los sectores hegemónicos y la periferia y el abajo por los grupos subyugados. Esta racialización se expresa por medio de la “supremacía de la raza blanca” sobre otros pueblos; el patriarcado, que inferioriza a la mujer, la heteronormatividad, que deshumaniza a la diversidad sexual, la religión que privatiza la espiritualidad, los fundamentalismos que persigue las diferencias, la aporofobia que criminaliza la pobreza. Y además esta organización social es reproducida por los grupos subalternizados, como endorracismo dentro de las dinámicas internas de superviviencia. Esta racialización estructural la imponen los centros de poder como una realidad naturalizada y sacralizada en los grupos subalternos, los cuales la reproducen en sus relaciones generando una cascada de violencia que va desde la institucionalidad hasta aterrizar en las esferas más domésticas y vulnerables. Y culturalmente se crean chistes, estereotipos y prejuicios que nutren las clasificaciones sustentadas en criterios de inferioridad y superioridad.

En este caso lo humano, lo que forma ´parte de la “zona del ser”, y por tanto aquello que tiene dignidad, viene a estar representado en este patrón de poder por lo blanco, el hombre, lo heterosexual, el cristianismo, la ortodoxia, y el estatus económico. Al contrario, lo no humano, que forma parte de la “zona del no ser”, viene dado por pieles pigmentadas, mujeres, homosexuales, espiritualidades no cristianas, la heterodoxia y los pobres. Hay que considerar también que todos estos papeles sociales que son asignados pueden cohabitar simultáneamente en diversas formas de discriminaciones (interseccionalidad) “incrementando la dignidad de las personas o reduciéndola”. Por ejemplo, no es igual ni recibe el mismo trato social y jurídico una mujer pobre, afrodescendiente, haitiana, de religión yoruba, lesbiana y de un partido de izquierda, que una mujer blanca, de clase media, estadounidense, cristiana, heterosexual y del partido republicano. 

Esta racialización es la que explica que la muerte y exterminio de los grupos que forman parte de la “zona del no ser”, no despierte indignación en ciertos sectores de la sociedad, incluso podrían hasta justificarlos. Por eso las, palabras del alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, ante la muerte de George Floyd develan la injusticia estructural de la racialización: “Si George fuera blanco, estaría vivo en este momento”. Y nos preguntamos: ¿cuántos y cuántas han sido asesinados/asesinadas y estarían vivos/vivas hoy por no ser heterosexuales; por no ser hombres; por no ser cristianos; por no ser ricos; por no pensar como quienes ejercen el poder?

El racismo atraviesa todas las sociedades occidentalizadas de diversas maneras y con diversos rostros; es más que el rechazo a un color, tiene que ver con esa particular manera de colocar nuestro horizonte de comprensión como superior y ver como amenaza aquello que queda por fuera. El racismo nos habita por más que queramos negar su presencia en nosotros. Ya nos hemos engañado demasiado ocultando nuestro racismo tras frases como: “yo no soy racista yo tengo amigos negros”; “yo no soy homofóbico, yo me arreglo el pelo con un muchacho gay”; “yo no soy machista, yo dejo que mi pareja trabaje”; “yo no soy fundamentalista, tengo un vecino musulmán”; “yo no soy clasista tengo conocidos en barrios pobres”; “yo no soy intolerante, tengo amigos fanáticos de otros equipos de futbol”.

 Podemos ser activistas en contra de un tipo de racismo y ser promotores de otros, sin que conscientemente nos percatemos de ello: indignarnos ante la muerte de Floyd, y ser indiferentes ante el asesinato de una persona trans; exigir derechos para las mujeres y pensar que los pobres lo son porque son unos ignorantes; condenar los extremismos del islam y justificar los del cristianismo; denunciar los femicidios y callar los atropellos e injusticias que padecen conciudadanos, a causa de las autoridades, que piensan políticamente distinto a nosotros. “SI GEORGE FUERA BLANCO, ESTARÍA VIVO EN ESTE MOMENTO”

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