El gran desafío de la Iglesia: ¿Reformar o Transformar?

VENEZUELA-

Por Berla Andrade-

Partiendo del principio  “Ecclesia reformata, semper reformanda est secundum verbum Dei” y de las posibles interpelaciones que la conmemoración de la Reforma ha estado haciéndonos durante estos días de pandemia.  He procurado tomar el asunto con pinzas.  Y más allá de hurgar en el inmenso repositorio de lecciones históricas, sociales, politicas, culturales y económicas que se desprenden del  magno acontecimiento, me he puesto a revisar vocablos.  Sus denotaciones y sus connotaciones.  Ello, sin ánimo de parecer simplista. En todo caso, ha sido un ejercicio interesante.  De él, brotan interpelaciones y desafíos.

¿Reformar o transformar? ¿Cuál sería hoy el imperativo histórico? ¿Cuál sería hoy el gran desafío de la Iglesia? ¿Su reforma o su transformación?…

Reformar es modificar algo sin que para ello deba cambiarse cualitativamente su estructura.

Reformar es cambiar aparentemente la forma, la configuración exterior de una institución por ejemplo, en nombre de unos principios y valores, dogmas y sistemas de creencias cuyo contenido puede ser la disociación entre lo que se dice, se predica y se hace, el no reconocimiento de la otredad con todas sus implicaciones, la discriminación, los prejuicios, en fin.  No es igual forma que fondo. No es igual forma que contenido.

Ahora bien, se puede reformar sobre la base de cambios aparentes de la forma, sin que estos cambios impliquen modificaciones de contenido. Lo cual ya no sería un cambio fundamental, por cuanto los cambios fundamentales implican desde luego modificaciones del contenido, pues forma y contenido constituyen una unidad dialéctica.  De modo que  reformar puede constituir un cambio cosmético al interior de una institución. Sin embargo en ciertas circunstancias, puede una reforma, convertirse en el preludio de una transformación más significativa.

Transformar es ir más allá de la forma. Es cambio cualitativo.  Es cambiar la esencia de las cosas, llegar a la estructura misma de los procesos.  Sin duda alguna, una cosa es reformar y otra es transformar.

Reformar es gestar cambios pero sin cambiar el sistema en que éstos están sustentados.

Se puede contribuir a reformar, sin que se produzcan cambios a nivel de las relaciones de poder.  No obstante, transformar implica tocar intereses, tocar otras lógicas.

Las transformaciones pasan por la toma de conciencia acerca de la realidad histórica institucional y de la sociedad en medio de la cual hace vida esa institución.  Al tomar conciencia, que es saber leer el presente histórico y saber leer-nos en medio del mismo, surgen movimientos y movilizaciones, flexiones y re-flexiones, para organizarnos, para resistir y para participar activamente en el cambio de la forma y de la esencia de la estructura, en nuestro caso, institucional.

Los procesos de transformación nos convierten en sujetxs historicxs y politicxs que transforman a su vez la realidad y se transforman a sí mismxs.

Quinientos tres años después de aquella gesta reformadora, cabe preguntarse:

¿Se ha conformado la Iglesia al y con el orden establecido?

¿Ha adoptado la Iglesia una posición neutra, indiferente, cómplice frente al sistema-mundo develado hoy en toda su crudeza por una pandemia inesperada?

¿Está la Iglesia acomodada en una rigidez fosilizada, propia de posicionamientos dogmáticos y sectarios?

¿Es la Iglesia hoy un “reducto social de la no transformación?

     ¿A dónde vamos?

     ¿Reformar o Transformar?

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