Golpe de Estado, la historia se repite

PERÚ-

Por Germán Vargas Farías 

28 de julio de 2000.- Alberto Fujimori juramenta como presidente de la República en el Congreso peruano, mientras miles de ciudadanas y ciudadanos protestamos en las calles por la pretensión del dictador de perennizarse en el poder.  

La historia había empezado mucho antes, y la trama la insinuó Fujimori cuando lanzó su candidatura para un tercer mandato consecutivo, transgrediendo la Constitución que él mismo había dictado. Ley de “interpretación auténtica” de la Constitución, mediante, se orquestó un plan atestado de acciones indebidas que, para sus operadores, debía coronarse ese día. 

10 de noviembre de 2020.- Manuel Merino de Lama jura como presidente de la República tras la vacancia en la víspera del presidente Martín Vizcarra. Miles de ciudadanas y ciudadanos se movilizan por las calles de diversas ciudades del país, rechazando el golpe de Estado. 

La historia había empezado mucho antes, y este era el segundo intento por defenestrar del poder a Vizcarra, en ambos casos interpretando caprichosamente la Constitución. Esta vez lograron su propósito, y los ejecutores creyeron que con la asunción de Merino ya habían rematado la faena. 

El paralelo es importante y sirve para aclarar la duda de algunas personas respecto a si lo ocurrido el lunes en el Congreso de la República es o no un golpe de Estado. Sí, lo es. Se ha producido un cambio repentino e inconstitucional en el poder político, recurriendo a formas revestidas de formalidades, pero carentes de Derecho. 

Un golpe de Estado no precisa de tanques ni de uniformados para consumarse, pero sí comporta el uso de la violencia. En el caso reciente, violencia contra las normas constitucionales, y enseguida contra quienes se oponen a la arbitrariedad. 

Para justificar el quiebre de la institucionalidad democrática, se invocan razones o valores superiores. Esta vez ha sido la lucha contra la corrupción, hace veinte años fue preservar la estabilidad y el crecimiento económico que se había logrado. Siempre habrá buenos pretextos para tomar por asalto y desvirtuar el Estado de Derecho, que nuevamente ha sido violentado en el país. 

No obstante, si algo hemos aprendido en tanto tiempo con políticos próximos a la tranza y la prostitución, es a reconocer las artimañas detrás de sus supuestos buenos propósitos. Un Congreso de la República, con más de la mitad de sus integrantes investigados por la justicia, está muy lejos de persuadirnos de sus laudables intenciones.  

Entonces, si estamos frente a un quiebre de la institucionalidad democrática, y eso encoge las garantías de respeto a los derechos ciudadanos, ¿qué corresponde hacer? 

Resistir, y hacerlo firme, pacífica y democráticamente. Los facinerosos no deben salirse con la suya. No hay que conformarse a la iniquidad, y no podemos creer o decir que todo está consumado cuando la historia nos enseña que afirmando nuestras convicciones y fortalezas podemos revertir el mal que se ha hecho.   

Donde quiera que estemos podemos expresar nuestra indignación por lo ocurrido. Se han atrevido a perpetrar un golpe desatendiendo el sentir de la gran mayoría de ciudadanas y ciudadanos, y sin importarles la grave crisis sanitaria que soportamos. 

No se trata de defender a un personaje como Martín Vizcarra sobre quien hay fundadas sospechas de corrupción, sino –y hay que decirlo fuerte- de la defensa de una institucionalidad democrática que, aunque precaria, no hay otra que sostener, y fortalecer. 

Revelador que estemos así a muy poco del año del Bicentenario. Los escenarios hace veinte y doscientos años son distintos, pero siempre han sido de resistencia. Toca volver a hacerlo, honrando la memoria de quienes pelearon y siguen luchando por democracia y dignidad. Esa será la forma de conmemorar y, si quieren, de celebrar. 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *