“El lloro y crujir de dientes” como resistencia al Imperio

MÉXICO-

Por Dr. Dan González Ortega-

porque a quien tiene,

se le dará y tendrá de más,

pero al que no tiene,

se le quitará aun lo que tiene.

-Mateo 25:29

¿Qué encontramos en este texto del evangelio de hoy?

Un hombre que decide dejar encargados parte de sus bienes a sus siervos. Pero… ¿qué les dejó en prenda?

La palabra castellana “talento” puede causarnos algún problema serio acá. Si la traducimos o, más aún si la interpretamos, podemos tener como resultado la afirmación: “Un talento” es equivalente a una habilidad natural de cualquier ser humano… un don, aptitud o cualidad personal (hasta dada por Dios como privilegio).

Pero, este texto no habla de ello en ese sentido.

“Un talento” era equivalente a 6 000 dracmas[1] griegos o denarios romanos[2], o sea, 21.6 Kg. de plata. Vale pues volver a hacer la pregunta ¿qué fue lo que el “Señor” de esos siervos les dejó como encargo? (no es una herencia ni una donación)

El “Patrōnus” le dio a uno de sus empleados 5 talentos, o sea, 30 000 denarios (108 kg. de plata); a otro le dio 2 talentos: 12 000 denarios (43.2 kg. de plata) y a otro un talento… “a cada uno según su capacidad”.

Los siervos con más “capacidades” duplicaron el recurso original, pero, el siervo que no especuló sobre el bien recibido fue increpado: “Servidor malo y negligente, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses.”

¿Cómo se describe a sí mismo el “Señor” (Kyrios) de este relato? ¿Qué es lo que realmente le interesa a este “señor” de sus siervos? ¿Qué hace a los siervos “buenos” o “malos” delante de este “señor”?

Todo parece indicar que “las ganancias” son el móvil que genera esta parábola de Jesús. El maestro de Nazaret se ve movilizado por un mundo (Imperio Romano) donde no hay control sobre la plusvalía (término anacrónico pero pertinente).

Jesús crítica un mundo donde parece que no hay Dios ni Estado, sino utilidad comercial.

Un Dios dueño del mundo no es conveniente para el usufructo del dinero. Dios controla y, por ello, se vuelve necesario eliminar los controles para obtener ganancias.

En América Latina y el Caribe hispano hemos sido testigos de cómo los Estados han dejado de “controlar” la justicia económica. El mercado se ha vuelto el “dios” de un mundo sin “Dios”. Hay que ganar por inversión o hay que ganar (como en el texto) a través de los bancos (por lo menos).

La deuda externa de nuestros países es una forma de mantener a raya las políticas públicas que le puedan “dar más a quien más tiene y al que no tiene, aun lo que tiene le es quitado”. Este modelo de usura legitimada se vuelve un pesado yugo para nuestros países y para las personas. Para la “Macro” y la “Micro” economía pues.

Cualquier modelo diferente es visto con sospecha o como un atentado.

Puede haber opiniones muy contradictorias en casos de modelos políticos y económicos como el de Venezuela, pero… lo que yo puedo decir al respecto es que, en 2006 tuve la oportunidad de estar 4 veces por allá y ver como las personas que antes no comían ahora comen. O como quienes no podían entrar a un Shopping ahora lo hacían junto con la clase adinerada. Esto se volvió una “piedra en el zapato” para quienes acostumbraban a ver a las personas comunes sólo como fuerza de trabajo.

Hoy tener “pocas capacidades” sigue siendo una categoría teológico-hermenéutica para comprender nuestras dinámicas humanas pues, tampoco, han cambiado las intenciones de “grandeza” de unos cuantos que manejan el poder en este mundo. Por ello la iglesia de Jesucristo esta llamada, aún en la actualidad, a saberse pequeña… hacerse pequeña. Así como Jesús siendo Dios se hizo pequeño al encarnarse, así la iglesia “es” pequeña –por sus propias cuitas. O debe “hacerse” pequeña en solidaridad con los seres humanos más desfavorecidos en el mundo.

Ser “pequeño” es hacerse pobre con los pobres, solidario con las viudas, acompañante con los migrantes, grito en boca con los que marchan por la calle pidiendo justicia; es orar con fe por quienes no han perdido la esperanza de encontrar a sus desaparecidos, a sus muertas, o a sus hijos.

En la “Vida Eterna”, según Juan, como en “El Reino” en los evangelios sinópticos, los seres humanos desechados son el centro del interés económico de Jesús, es el pueblo definido en el griego como laos (literalmente: “vómito”) y no el demos (“ciudadanos”), de ahí que la iglesia primitiva tomó del griego la palabra “Liturgia” (laos  y ergón ) para describir lo que significaban sus reuniones donde compartían las oraciones, la palabra, el pan y “Todos los que habían creído estaban juntos y tenían todas las cosas en común” (Hch. 2:44) y donde “La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma. Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos.” (Hch.  4:32s)

Desde esa perspectiva: ser una iglesia pequeña que acompaña la vida pequeña del mundo desechable (laos), torna a ese pueblo en resistencia de la realidad imperial, en un “bocado exquisito para los leones”. ¿Cuántas mujeres, niños y viejos, del cristianismo primitivo, no murieron en las fauces leoninas en el circo romano?

Ahí fue, indudablemente “el lloro y crujir de dientes” que, sin embargo, se enfrentaba con valor, en la esperanza de la irrupción definitiva de Dios que envía a los violentos y, a los poderes megalómanos, directamente a la ausencia de eternamente divino.

Yo no soy economista, ni sociólogo, ni antropólogo… soy sólo un pastor que observa el mundo y lee la Biblia para intentar, desde América Latina, dar respuesta al mundo que han creado (y siguen recreando) el FMI, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, los estándares de la OCDE, etc.

Soy, a fin de cuentas, un creyente… creo en Dios como el único creador y por lo tanto dueño del mundo y, por ello, creyente en la justicia económica para todas las personas, para la diversidad de pueblos, para la naturaleza, para los ecosistemas.

Creo en la iglesia perseguida por resistirse a cumplir con las “sugerencias” e “indicadores” de las instituciones financieras globales. Creo que el concepto de “desarrollo” es tramposo si no conduce a la libertad de los oprimidos del mundo y si éste intenta lograrse sólo a través de la “derrama económica”.

Creo en las mujeres y hombres de fe que le son “inútiles” al sistema dominante basado en la liberalización del mercado, pero la “fronterización” de las personas. Creo en el “lluro y crujir de dientes” como acción desesperada del Imperio… de los Imperios de este mundo.

¡Creo en Jesús, el Cristo, como el único “Señor” (Kyrios)!

Echen afuera,

a las tinieblas,

a este servidor inútil;

allí habrá llanto y rechinar de dientes

-Mateo 25:30.


[1] Con una dracma se compraba una oveja, el precio de un buey era de 5 dracmas. Alguien con una renta anual de 500 dracmas era considerada una persona rica.

[2] Un denario era el pago justo a una persona por jornal, o sea, por un día de trabajo.

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