La salvación de los feos

Zaqueo (sieger-kder )

COLOMBIA-

Por Jeferson Rodríguez

Jesús llegó a Jericó y comenzó a cruzar la ciudad. Resulta que había allí un hombre llamado Zaqueo, jefe de los recaudadores de impuestos, que era muy rico. Estaba tratando de ver quién era Jesús, pero la multitud se lo impedía, pues era de baja estatura. Por eso se adelantó corriendo y se subió a un árbol sicómoro para poder verlo, ya que Jesús iba a pasar por allí.

Llegando al lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo:

—Zaqueo, baja en seguida. Tengo que quedarme hoy en tu casa.

Así que se apresuró a bajar y, muy contento, recibió a Jesús en su casa.

Al ver esto, todos empezaron a murmurar: «Ha ido a hospedarse con un pecador».

Pero Zaqueo dijo resueltamente:

—Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes y, si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea.

—Hoy ha llegado la salvación a esta casa —le dijo Jesús—, ya que este también es hijo de Abraham. 10 Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Lucas 19:1-10

Según el Facebook hoy es el cumpleaños de Mario Mendoza, el escritor colombiano que tanto nos ha hecho quedar bien en el mundo. Así que de alguna manera hago coincidir uno de sus escritos “La melancolía de los feos”, con un relato del evangelio que de alguna manera podría llamarse así, la melancolía de  los rechazados, feos, jorobados, raros, extraños. Pero por honrar a mis amigos y amigas que prefieren los títulos positivos, dejémoslo como la salvación de los feos. Este es el relato de Jesús y Zaqueo que nos deja muy clarito- y no lo digo yo-lo dije Jesús en su evangelio,  que todos los seres humanos pueden ser aceptados como hijos de Abraham y por ende de Dios,  independientemente de sus características físicas, emocionales, capacidades y rarezas.

¡Qué buena manera de celebrar el cumpleaños de una persona con la cual no he hablado personalmente hasta ahora, pero que tanto me ha bendecido y me ha recordado el evangelio de Jesús en muchas de sus historias!

Es difícil ver que la Biblia sea realmente una buena noticia para todas las personas, incluidas las personas con capacidades distintas, enfermos mentales, autismo, con aspecto físico distinto, con gustos y modas distintas a las impuesta por una sociedad de consumo que obliga a todas a parecerse entre sí y cumplir, los estándares de belleza del Facebook y las redes sociales.

Generalmente las personas que salen de los estereotipos culturales tanto en lo físico como emocional son dignos de lástima y caridad barata,  y hasta se percibe que esa rareza es un castigo por el pecado o de la presencia activa de un demonio. Esta visión de la realidad homogeneizante hace que las personas con algún tipo de condición física distinta, alguna formación distinta de su cuerpo, y de capacidades mentales y emocionales internalicen la normalidad y vivan vidas con mucho dolor por no encajar nunca en la sociedad. Esta internalización de lo homogéneo hace que la vida se vuelva una tortura y literalmente un infierno sin posibilidad de salvación.

La historia de Zaqueo, en la Biblia, muestra este infierno y todo lo que desencadena una vida así. La  estatura pequeña de Zaqueo hace que la gente tome su “pequeñez” como un signo problemas en su carácter y lo cataloguen de mezquino y ladrón.   El rechazo por su condición física era producto de una ley litúrgico-social dada por Moisés y recordada siglos después en la mente de los judíos:

Ninguno de tus descendientes por sus generaciones, que tenga algún defecto, se acercará para ofrecer el pan de su Dios.

18 Porque ningún varón en el cual haya defecto se acercará; varón ciego, o cojo, o mutilado, o sobrado,

19 o varón que tenga quebradura de pie o rotura de mano,

20 o jorobado, o enano, o que tenga nube en el ojo, o que tenga sarna, o empeine, o testículo magullado.

21 Ningún varón de la descendencia del sacerdote Aarón, en el cual haya defecto, se acercará para ofrecer las ofrendas encendidas para Jehová. Hay defecto en él; no se acercará a ofrecer el pan de su Dios.

22 Del pan de su Dios, de lo muy santo y de las cosas santificadas, podrá comer.

23 Pero no se acercará tras el velo, ni se acercará al altar, por cuanto hay defecto en él; para que no profane mi santuario, porque yo Jehová soy el que los santifico.

Levítico 21: 16-24

En uno de sus libros, Mario Mendoza relata la carta de Alfonso Rivas, un jorobado, a un viejo amigo psiquiatra, en la que describe el infierno que está viviendo en una sociedad así:

El primer recuerdo que llega a mi cabeza es en el parquecito de la Calle 42 con la Carrera Octava. Yo vivía justo al frente, en la casa de la esquina, y nos decían La Familia Adams por la extrañeza de sus miembros: mi abuela, siempre maldiciendo y apoyándose en un caminador; mi tío Humberto, solterón y solitario empedernido que se la pasaba todo el tiempo armando y desarmando el motor de un Renault 6 anaranjado; mi mamá, una señora gorda y esquizofrénica que caminaba por el caserón siempre en pijama, con sus ojos enormes inyectados en sangre e insultando desde las ventanas del segundo piso, durante sus impredecibles ataques, a los transeúntes que la miraban al pasar sin comprender muy bien su lista de improperios; y yo, el monstruo, el enano contrahecho y jorobado que intentaba llevar una infancia en medio de semejante ambiente malsano y anormal.

Según parece, durante el embarazo, mi madre había seguido tomando ciertos medicamentos psiquiátricos que intentaban neutralizar sus fases esquizofrénicas, y ningún médico le advirtió que esas drogas podían producir malformaciones en el feto. En consecuencia, mi columna vertebral generó una curvatura indeseable, mis piernas se atrofiaron y no se desarrollaron a tope, y mis brazos se quedaron también a media marcha, como si se tratara de los brazos de un pigmeo. Mis retinas a su vez sufrieron cierto deterioro y por eso, desde los tres años, tuve que andar con unos lentes gruesos que me agrandaban los ojos, empeorando aún más mi aspecto deforme y enfermizo. Supongo que a estas alturas del relato ya me habrás recordado y sabrás quién te está escribiendo. Uno no conoce a mucha gente con esta descripción a lo largo de su vida.

Como es apenas obvio, ni mi abuela ni mi tío, que eran los que tomaban las decisiones en la casa, me enviaron al colegio. Nunca supe lo que era estar con otros niños estudiando ni jugando. Tampoco averiguaron la posibilidad de matricularme en alguna institución para deformes o incapacitados. No, sencillamente me enseñaron a leer y a escribir en casa, me compraron media docena de cuentos infantiles y pare de contar, me dejaron así, como sí fuera una mascota cuya función era andar por los pisos de esa casa gigantesca sin propósito alguno…

 Es importante aclararte en este punto que cuando eres un niño jorobado y contrahecho no lees de la misma manera que leen los niños sanos. De hecho, lees exactamente al revés. La mayoría de los relatos infantiles están diseñados para que nos identifiquemos con el príncipe o la princesa, que deben superar ciertas pruebas y vencerse a sí mismos para lograr al final quedarse el uno junto al otro. A mí esos personajes siempre me importaron un cuerno, me parecían ridículos, cursis, idiotas, brutos, incompetentes, consentidos, amanerados. Me identifiqué, en cambio, con los sapos, los brujos, los generales malvados del reino, los enanos, el lobo feroz, los monstruos que vivían en cavernas y en sótanos malolientes, en fin, toda esa caterva de seres oscuros y feroces que intentaban sobrevivir en un mundo de hipócritas socarrones que siempre se las ingeniaban para triunfar con sus caras hermosas y angelicales. Recuerdo bien que para mí todos los cuentos terminaban mal: el triunfo de Caperucita o de Blancanieves me deprimía días enteros. ¿Por qué los autores no se apiadaban jamás de la bruja ni del lobo feroz? ¿No se daban cuenta de que para un individuo pobre y feo, vivir en un mundo de millonarios bien vestidos con la nariz recta, los ojos azules y el cabello rubio era no solo difícil, sino casi imposible? ¿Y qué hacía uno cuando tenía el cabello crespo, la piel oscura, los ojos negros y la nariz larga y torcida? ¿Y cuando era pobre, cuando no pertenecía a la familia real ni su padre era un aristócrata? Te podrás imaginar, entonces, la forma delirante y obsesiva de mis lecturas. Ahora que lo pienso, se trataba de un modo de leer eminentemente político: ¿Cuándo iban a triunfar los desposeídos del mundo, los feos, el pueblo que vivía lejos del castillo?

Mi madre nunca se vestía con ropa normal, iba siempre con un camisón que le daba un aire aún más fantasmagórico, como si acabara de salir de una película de terror. Se bañaba una vez a la semana y su cuerpo despedía un olor agridulce que obligaba a la abuela y a la empleada del servicio a desinfectar su habitación cada domingo. Era ama mujer grande y gorda, malencarada, con el cabello revuelto y la mirada perdida en otra dimensión. No me reconocía como su hijo, sino como un monstruo que estaba allí solo para atormentarla.

—¿Cómo, otra vez tú, demonio? —me gritaba cuando se tropezaba conmigo por los corredores—. ¡Maldito engendro de Satán, si te agarro, te tuerzo el cuello para ver si nos dejas en paz!

Tal vez es Mario Mendoza, quien en su día de cumpleaños nos está ayudando a recordar al viejo Zaqueo, buscando su salvación, propiciador de Salvación. En la melancolía de los feos es este jorobado y discriminado el que da pistas de salvación de una sociedad tan cruel como esta. De la misma manera Lucas había dicho que es el samaritano el que salva; no es el religioso estricto el que tiene esa bondad con sus maneras estrictas de pensar. Es el impuro, el pequeño, el rechazado. Y ahí esta Zaqueo como un agente activo de compasión, no pasivo receptor de caridad lastimera.  Zaqueo no sólo está plenamente empleado en un oficio que hacía que tuviera mucho dinero, pero desprecio de la gente.

¿No fue encontrar  ese trabajo de publicano el resultado de una comunidad que nunca lo acogió como digno de Dios?

Zaqueo sabe que en Jesus encontrará esa nueva manera de vivir, que no es otra que sentirse amado, entendido y respetado. Es uno que también está siendo rechazo y discriminado por su teología, por su manera de ver el mundo que tiene la capacidad de declarar la voz de Dios en medio de un mundo con dinero pero con mucha discriminación.

Con las contundentes palabras de Jesus, “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque él también es hijo de Abraham”, la prohibición (levítica) contra los enanos de la participación plena en el culto litúrgico del antiguo Israel fue abolida. ¡Duélale al que le duela!

Zaqueo y la gente rara  se salvan o se curan de manera paradójica. En este caso no se le restablece la estatura promedio de la gente aparentemente normal.  Jesús no hace tal cosa en este caso, aunque reconoce definitivamente la presencia de plena salud en el sentido de salvación para Zaqueo. Por otro lado, Jesus sana a Zaqueo, salva a Zaqueo enfrentándose a  los prejuicios de la gente, y afirmando que los necesitamos a todo el mundo para hacer parte de una restauración total de la humanidad. Hoy la que gente que no encaja debe hacerse muchas procedimientos psicológicos y hasta quirúrgicos para ayudarlos a encajar con el sensibilidades estéticas de la cultura normal, esta es una buena noticia.

Al final uno termina viviendo la salvación, salvándose y salvando al lado de los despreciados de esta tierra como Jesús, Alfonso Rivas y Zaqueo, el samaritano, el ladrón al lado de la cruz. Es uno que ha vivido la exclusión quien puede entender plenamente a Zaqueo. La declaración de Jesús es contundente: Hoy ha llegado la salvación a esta casa, este también es hijo de Dios.

La salvación es salud, es acogida en la comunidad, es sentirse parte una vida que no se destruye que no se acaba, de la vida eterna. Sentirse perdona, entendido, amado, consentido, eso hace parte fundamental de la salvación

Quizás lo que nos enseña la historia de Zaqueo es que los seres humanos son iguales tanto en su pecaminosidad y necesidad de arrepentimiento, como en ser aceptados como e hijas de Abraham y Dios  independientemente de su características físicas, mentales, emocionales y capacidades.

“Qué venga la salvación a esta tierra, que venga a nuestros cuerpos hoy”

Blog personal: https://sintagmas.wordpress.com

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