Ana Estrada, con permiso para morir

Foto de Archivo

PERÚ-

Por Germán Vargas Farías

El caso de Ana Estrada Ugarte, la psicóloga que padece una enfermedad degenerativa, polimiositis, y que ha logrado que el Décimo Primer Juzgado Constitucional de Lima reconozca su derecho a una muerte digna por la eutanasia, ordenando al Ministerio de Salud y a EsSalud respetar su decisión, además de ser una decisión judicial sin precedentes en Perú, ha estimulado un debate que ojalá pudiera realizarse, sea cual fuere el parecer de las personas, con la serenidad y el respeto que corresponde. 

Cierto es que, tratándose de asuntos tan controversiales como este, la mesura es poco frecuente, llegándose al extremo de exabruptos como el de aquél candidato a la presidencia que, al arrojarlo, no ha hecho más que revelar su calaña.  

Lo relevante, sin embargo, es que estamos frente a una decisión judicial sin precedentes, que recibió hoy un espaldarazo cuando se informó que, en el marco de su autonomía, la procuraduría pública del Ministerio de Salud y la del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, no apelarán la sentencia dictada en el caso. 

Esto no cierra la discusión, al contrario, pero es evidente que estamos frente a un fallo histórico que abrirá otros debates sobre la libertad y la dignidad de las personas. En las alegaciones de quienes objetan la sentencia, ese parece ser el temor principal. Como si la libertad y los derechos de otras personas pusieran en riesgo los suyos. No es así, y eso es algo que queda meridianamente claro al leerse la resolución del juez constitucional. 

La sentencia abunda en valoraciones que trascienden lo jurídico, y sus fundamentos podrán ser examinados, aceptados o rebatidos, pero quizá el mayor acierto del magistrado es haber estado dispuesto a “escuchar”. El juez escuchó directamente a Ana, y lo hizo también al revisar lo que ella quiso contarnos a todos a través de su blog. 

La escucha atenta genera respeto, confianza y -esto es algo que se aprende en derechos humanos, y en las relaciones humanas en general- limita los errores. Tuve oportunidad de escuchar a Ana Estrada, a través de una entrevista en RPP, casi una hora después que se le informase de la sentencia, y me sorprendió gratamente su entereza.  

Sin ocultar su emoción, dijo sentirse libre. “Por eso he estado peleando”, contó. “No se trata de querer morir, ni de hacer apología a la muerte, al contrario”. “Hay gente que no lo puede comprender, no entienden que se trata de un derecho”  

Saber escuchar no es una actitud fácil, es enfocarnos en lo que nos dicen, en cómo, y desde dónde, lo dicen. La Biblia nos exhorta a estar listos para escuchar, y recomienda ser lentos para hablar y para enojarse (Santiago 1:19). Quienes sientan resquemor por una sentencia que se refiere a la dignidad y a la libertad, y que se asiente en “la idea del respeto por el otro que, es medida de la justicia que se tiene y se debe”, debieran aproximarse para “escuchar” a Ana Estrada, sin reprobar ni enojarse a priori.  

Ana les dirá: “…mientras no tenga el poder de mi libertad seguiré viviendo presa en un cuerpo que se está deteriorando cada minuto y que me atará a mi cama conectada las 24 horas al respirador y empezarán las úlceras en la piel que no son otra cosa que heridas que se expanden y profundizan hasta que se logra ver el hueso. Esas heridas supurarán pus y olerán a podrido y el tejido se va a necrosar. Pero eso será solo el comienzo de sendas infecciones y más medios invasivos y amputaciones y no moriré. Ese infierno será eterno y, repito, mi mente estará completamente lúcida para vivir cada dolor en una cama de hospital sola y queriendo morir.” 

El juez escuchó, revisó la doctrina, sopesó que la petición de Ana no afecta a nadie, no ocasiona ningún perjuicio al Estado, y que, por el contrario, favorece los derechos de una persona, y se pronunció así:  

“De este modo, podemos concluir válidamente que, existe el derecho a una vida digna, que tiene como base a la libertad y autonomía; empero, la misma validez de este concepto, implica que exista el derecho a proyectar su vida y en ese proyecto pensar en su final, lo que la demandante considera; una muerte digna. Algunos podrían entenderla, como una muerte natural, una muerte heroica, una muerte trascendente, tal vez sólo una muerte sin sufrimientos de cualquier tipo; es decir libre, como la queremos la mayoría de los mortales. El mismo derecho que sostiene la libertad de vivir o de vivir con libertad, sostiene el derecho a concluirla, si la vida carece de dignidad, de morir cuando aún la vida es digna o de no pasar una situación de indignidad que arrastre a la muerte indefectiblemente” 

Ana, tras una ardua batalla, ha obtenido el “permiso” del Estado para morir. Ahora podrá sobrellevar su sufrimiento como anheló “en paz, con esperanza y libertad”. ¡Cómo se le puede negar a un ser humano ese derecho!  

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