¿Pecado…? Sobre el Vaticano y la Bendición de Matrimonios Igualitarios

Roberto y Norberto en la bendición de su matrimonio

ARGENTINA-

Por Norberto D’Amico

Un testimonio, algunas reflexiones sobre la bendición y nuestra solidaridad con las personas LGBTIQ+ católicas, sus familias y amistades.

Mis amigues más cercanos me habrán escuchado contar, más de una vez, algunas historias graciosas y otras de enorme ternura, protagonizadas por mi abuela y mi tía abuela. Las dos italianas, migraron muy jóvenes a una vida de grandes luchas. Cuñadas entre sí, sobrellevaban un diverso grado de adaptación del idioma vernáculo, al punto de escucharle a mi abuela varias veces reprochar sobre su cuñada “no sé en qué idioma me habla”.

Adictas las dos al mate, bebida que conocieron en estas tierras extrañas, a sus nietos y nietas, a quienes colmaban de regalos, a la telenovela y a hablar sobre las nuevas generaciones de mujeres, en una época de cambios de costumbres, en la que comenzaban a tener mayor acceso a la educación y al trabajo remunerado, sobre todo las más jóvenes, promediando las décadas de 1960 y 1970.

Las chicas de la nueva generación eran evaluadas con una ferocidad inapelable… A ambas, madres de varios varones, las salidas y libertades de las muchachas, junto con la aparición de los primeros embarazos inesperados, les agigantaba el temor a la “vergüenza” que podrían traerle sus propias nietas y/o nueras y esto se colaba en sus condenaciones y absoluciones de las chicas del barrio y la familia, tejido en mano, mate mediante. En síntesis: ¡estaban perdidas!!! (En este punto dejaré librados acentos, palabras y entonaciones utilizadas, a su imaginación…) A diferencia de la “chicas italianas” (de familias italianas…) porque estas últimas eran inocentes, y jugando, jugando… ya se sabe… Nada que no tuviera una solución previsible, para salvar el honor.

Este recuerdo, con su lógica pintoresca, que hoy podría compararse por exageración a la que se aplica en muchísimas situaciones y circunstancias, fue lo primero que me vino a la cabeza cuando escuché o leí, así, por encima, la palabra “pecado” respecto del matrimonio igualitario, en referencia al pronunciamiento que rechaza la bendición de matrimonios del mismo sexo en la Iglesia Católica Romana.

Yo no soy católico, por eso no voy a detenerme en las cuestiones doctrinarias y administrativas del documento. Ni tampoco voy a realizar comparaciones con otras Iglesias cristianas que sí, han bendecido matrimonios igualitarios, porque todas tienen sus contradicciones, destrato y poca consecuencia con las circunstancias de quienes buscan esta bendición. Acá no hay mejores ni peores iglesias, creo, sino mayores o menores evidencias de quienes, en las Iglesias, desean con fervor servir a Dios y quienes tienen puesto su corazón en otros asuntos.

En lugar de eso, quiero expresar mi solidaridad y amor con todas las personas LGBTIQ+ católicas, sus familiares, amigues y hermanes, así como con todos los pastores de esa Iglesia, que anhelan y necesitan este gesto. Porque toda bendición es recíproca. Bendecir es “hablar bien de” y ¡justamente! habla muy bien de las comunidades de fe, recibir a todas las personas por igual, sin obligarlas a desdoblarse ni a negar una parte esencial de su vida, ni a pertenecer a una sub-hermandad, celebrando sus acontecimientos y en particular, el vínculo matrimonial.

Les comprendo y me duele la negativa, porque como cristiano gay, yo he orado, luchado y sufrido por ese mismo motivo y también he tenido la alegría indescriptible, con mi esposo Roberto, luego de casarnos en el Registro Civil de nuestro barrio, de dar testimonio del amor que compartimos, hacía ya, más de tres décadas, en mi Iglesia, ante mi comunidad y ante todes mis amigues, compañeres de trabajo y de militancias. Una bella experiencia de bendición para nosotros, para nuestras familias, para todes les compañeres y amigues, pero también para la Iglesia que la administró.

Y es así. Porque en este mundo tan difícil que nos tocó vivir y ante las experiencias de exclusión que han afectado a las personas LGBTIQ+ de nuestra generación, haber encontrado el amor y el compañerismo que perduren y que desee proyectarse en un vínculo familiar, sin lugar a dudas es un milagro con el que Dios mismo nos ha bendecido. ¡Cómo no dar testimonio de eso!

El amor es siempre una bendición en nuestra vida, porque es la naturaleza misma de Dios. Dice la Escritura que Dios mismo es amor y que el amor es Dios (1 Juan 4:7.ss) Y que quien está en amor está en Dios y Dios vive en él. Por eso me voy a permitir contradecir las expresiones del Santo Padre: el amor nunca, jamás, puede ser llamado “pecado”. El amor ha sido el vínculo por el que Dios se hizo humano, no para hacernos prisioneros, sino para liberarnos, porque bajo la Ley, todes somos pecadores, como tan claramente señala San Pablo.

Ya Jesús reclamaba a las autoridades religiosas de su época, que no atendían su propio testimonio ni en las obras de salvación que realizaba, tampoco el testimonio de los hombres, ni siquiera el de Dios mismo, que las permitía o el de las Escrituras que las anunciaban (Juan 5:31-47). Es hora que las autoridades sean llamadas con amor, por nuestro testimonio y por el estudio fiel de las Escrituras, a no cometer el mismo error por el que nuestro Maestro fue asesinado en la cruz de los pecadores más nefastos, por el poder religioso y político equivoco de su época.

A esos líderes que ponen en tela de juicio la bendición del amor y el proyecto familiar en la vida de las personas LGBTIQ+ les queda un largo camino de sanación de sus LGBTIQ+ fobias. Pero, y esto lo digo con toda la humildad posible y con enorme confianza en la justicia divina, a nosotres nos queda la resurrección.

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