¿Existe un modelo de familia en la Biblia?

CUBA-

Por Reinerio Arce

Como su nombre lo indica, la Biblia es una biblioteca de libros que fueron escritos o reescritos varias veces en distintos momentos de la historia del pueblo de Israel y de las primeras comunidades cristianas a lo largo de siglos. El orden en que aparecen los libros no es cronológico, ni tienen el mismo trasfondo socio-cultural. Encontramos entonces en la Biblia, poesías, leyendas, historias, teologías y todas ellas intercaladas a través de diversos fragmentos que se han ido incluyendo en los diferentes libros que la componen: una diversidad de escritos que aceptamos como inspirados por Dios. Estos constituyen el testimonio de fe de aquellos que escribieron y de los que los recopilaron para llegar a la redacción final de la versión que hoy tenemos.

Los cristianos diferenciamos dos Testamentos. El primero, resultado del testimonio del pueblo de Israel, anterior a la revelación de Dios en Jesucristo, lo identificamos como Antiguo Testamento (en algunos biblistas contemporáneos también Primer Testamento). En el Segundo Testamento, o Nuevo Testamento, aparecen narraciones sobre la vida de Jesús de Nazaret y testimonios de los primeros cristianos a través de cartas y narraciones. Pudiéramos decir que ambos son, en esencia, expresiones de fe de grupos de personas llamados por Dios. En todos los casos, el principal objetivo era dar testimonio de su fe en medio de la realidad que vivían y compartir sus experiencias en el intento de cumplir la voluntad de Dios. De ahí la gran diversidad de escritos que se fueron compilando a lo largo del tiempo.

Por lo tanto, teniendo en cuenta estas características, no se debe leer literalmente el texto bíblico sino tratar de entender lo que nos quiere decir ahora, a través del análisis de lo que significó para aquellos que los escribieron y para los cuales fueron escritos. Hay que tener en cuenta, además, que muchos de los textos provienen de una muy antigua tradición oral dependiendo del libro de la Biblia que se trate.

Para reflexionar hoy acerca de la familia en la Biblia, tal y como sobre cualquier otro tema, debemos tener en cuenta las características antes enunciadas. El problema no radica en la afirmación de una u otra posición, basada en uno u otro fragmento de la Escritura, sino en la manera que abordemos la lectura y el estudio de este para intentar entender el mensaje que el escritor o el compilador quería compartir.

Mucho se ha discutido recientemente acerca de lo que aparece en la Biblia sobre la familia. Hay quienes afirman que en ella se presenta un modelo de familia original que constituye el patrón a seguir para todos los tiempos. Esta afirmación está basada en los dos primeros capítulos del libro de Génesis. Otros plantean que la Biblia nos presenta diversos ejemplos de familias y de relaciones familiares. Y otros, quizás más extremistas, citando textualmente algunos pasajes bíblicos, rechazan cualquier referencia a las Escrituras afirmando que lo que aparece allí constituye algo inaceptable para nosotros hoy. Respetando por supuesto las distintas posiciones, desde mi perspectiva, lo que la Biblia nos presenta, más que un modelo de familia, es una gran diversidad de familias las cuales respondían, en su estructura y relaciones, a la cultura y al momento histórico en que vivieron los escritores y redactores. En ella existen coexisten diferentes corrientes teológicas y por lo tanto diferentes interpretaciones de la realidad, todas respondiendo al momento histórico cuando se originaron.

Los primeros capítulos de Génesis son los más controversiales en estas diferentes posiciones que casi siempre entran en confrontación. Muchas veces se hacen lecturas literalistas en lugar de intentar hacer un análisis de los textos. Si hacemos una lectura de estos dos primeros capítulos con ese abordaje, aparecen contradicciones entre ambos que son irreconciliables, a menos que aceptemos, como algunos afirman, que la segunda narrativa complementa la primera. Sin embargo, esta afirmación no parece tener mucho fundamento. Cada uno de estos capítulos proviene de fuentes y tradiciones distintas y separadas por cientos de años. A pesar de estas diferencias, lo esencial es lo que trasciende esos siglos, porque ambos expresan una gran verdad de fe: Dios es el creador de todo y de todos.

Para los estudios del Antiguo Testamento se utilizan distintas aproximaciones metodológicas una de las cuales se conoce como la Teoría de las fuentes o documentaria. Esta metodología ha sido criticada en los últimos tiempos por lo que se han propuestos otras que la sustituyen o la complementan. Sin embargo, es aún, con algunas variantes, válida para algunos especialistas y personalmente considero que puede servir para nuestro análisis.

Dicho de manera muy simple, esta metodología en esencia plantea que existen cuatro fuentes provenientes de tradiciones distintas que sirvieron de base para conformar el Pentateuco (los cinco primeros libros de la Biblia) y que fueron compiladas por varios redactores en distintos momentos históricos. Se trata de las fuentes Yahvista (J) y Elohista (E), cuyos nombres corresponden a la forma en que ellas nombran a Dios, Yahvé o Elohim, respectivamente y constituyen los documentos más antiguos. La fuente Deuteronómica, que conforma gran parte del libro Deuteronomio y por último la Sacerdotal que proviene, como su nombre lo indica, de esa tradición. Las fuentes tuvieron cronológicamente ese mismo orden de aparición, es decir, la última escrita fue la sacerdotal, pues fueron ellos los que poco a poco tomaron autoridad religiosa e influencia política a lo largo de la historia de Israel. Los estudiosos coinciden en que los primeros documentos sacerdotales fueron redactados durante el exilio en Babilonia. Por último, los especialistas defensores de esta teoría de los documentos plantean que estas fueron compiladas por una serie de redactores en distintos momentos de la vida del pueblo de Israel para llegar hasta lo que hoy identificamos como el Pentateuco. De manera que los libros que conforman el Pentateuco provienen de distintas tradiciones que responden a momentos diversos de la historia del pueblo de Israel. Estos documentos recogen leyendas, historias y teologías. Muchas de ellas escritas con un sentido simbólico y se puede decir que con un estilo poético.

Esta teoría de los documentos ayuda a explicar la aparición de historias que se repiten, incluso algunas de ellas de manera contradictoria. Tal es el caso de los pasajes de los dos primeros capítulos del Génesis, o las dos historias de Sarah y Abraham en los capítulos 12 y 20 de Génesis, cuando este último presenta a Sarah su esposa, como hermana.

En efecto, en el caso de los dos primeros capítulos de la Biblia aparecen dos narraciones diferentes sobre la Creación donde se describen las relaciones entre el hombre y la mujer de manera distinta. La primera los sitúa como iguales, ambos creados a “imagen y semejanza de Dios”, no existe jerarquía entre ellos. Este primer capítulo es identificado por algunos especialistas seguidores de la teoría de los documentos, como parte del documento sacerdotal. En él se expone, a través de una narrativa puramente teológica, la obra creadora de Dios.

El segundo fragmento, que comienza en el versículo cuatro del capítulo dos, muestra una relación entre los seres humanos en donde la mujer aparece subordinada al varón. Ella es creada por Dios del costado del varón, semejante a él, pero no igual, y con la tarea de ayudarlo. El varón le da nombre igual a lo que hizo con los animales que según la cultura constituye una forma de expresar dominio sobre lo nombrado. Ella es “varona”, porque según la perícopa, al decir del varón: “eres hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Los especialistas identifican estos fragmentos del Pentateuco como provenientes del documento “J”, pues en ellos se nombra a Dios como Yahvé.

Así vemos que en ambas perícopas se describen de muy distinta manera las relaciones entre el hombre y la mujer. Ambas con la intención de multiplicarse pero a partir de una relación distinta entre el hombre y la mujer. En el primer caso, que se repite de nuevo en los primeros versículos del capítulo 5, la relación de pareja tiene un sentido equitativo, al que también identifican los especialistas como un fragmento del documento sacerdotal. Sin embargo, en la segunda narración aparece una relación de subordinación de la mujer al hombre, expresión del patriarcalismo típico de la cultura de aquel momento. El hombre, padre y jefe de la familia, constituye la autoridad absoluta.

Existe en ambos, sobre todo en la segunda narración, que incluye los capítulos 3 y 4 de la caída, una descripción de la forma en que se daban las relaciones de pareja en aquel momento. Se consideraba como lo esencial el mandato de la procreación y en este sentido se le daba importancia al nacimiento del varón, como se ve en las historias y leyendas que se narran en los capítulos siguientes. Al mismo tiempo, una mujer que no pudiera tener hijos se consideraba una maldición.

Quedaría pendiente la pregunta acerca de cuál de los dos ejemplos de la relación entre el hombre y la mujer escogemos. A mi juicio, lamentablemente la gran mayoría de las iglesias se han decidido por la segunda narración en donde la mujer aparece en el lugar de la subordinación. Quizás el primer pasaje, por ser un discurso teológico acerca de la creación, constituye una crítica a esa forma de familia patriarcal que sitúa a la mujer como ser inferior y subordinada al varón y deseo divino de la equidad entre ambos.

Por otra parte, no por aparecer aquí en los primeros capítulos de Génesis, puede ser considerado como modelo para todas las formas de familia que vendrán a continuación en el propio Pentateuco y en toda la Biblia. Se trata sólo de una de las tantas narraciones, historias o leyendas que aparecen en los textos bíblicos, que contradicen la intención divina del discurso teológico sacerdotal de equidad entre el varón y la mujer. Ese rechazo de la intención divina de equidad entre el varón y la mujer se encuentra en muchos discursos actuales.

Otro ejemplo de relaciones familiares es narrado más adelante en el Génesis, se puede ver en la historia del Patriarca llamado Abram en ese momento, (después Abraham) y de Saray, (después Sarah), que frente al hecho de su esterilidad le propone que tenga relaciones con su esclava Agar para que de esa forma pueda tener descendencia. De esta relación nace entonces Ismael (Génesis 16). Sabemos, a través de la narración, que esa relación resultó en un conflicto a consecuencia de los celos de Sarah y por el hecho de que ella, por intervención divina, tuvo su propia descendencia en Isaac. Evidentemente este constituye otro ejemplo de familia bíblica con otros preceptos, válidos para su momento y sin embargo, inaceptable para nosotros hoy en muchos sentidos.

De la misma manera, lo es el caso del propio Abraham al unirse a su media hermana Sarah (Génesis 20) o, para evitar que lo maten, presentarla como su hermana al Faraón o a Abimelec, de acuerdo con el pasaje que se trate. Son historias aceptadas en aquella cultura y momento histórico. Independientemente de lo crítico que podemos ser frente a estas narraciones y a las posturas de Abraham en estas historias a partir de nuestros valores de hoy, el legado que nos dejan va más allá de esas narraciones. Abraham se constituye como un paradigma de obediencia y fidelidad a Dios. Abraham, incluso a pesar de no saber los planes que Dios tenía para él y su familia, siguió obedientemente todo lo que Dios le instruyó.

Serian muchos los ejemplos de diversas maneras de constituir las relaciones de familia en la Biblia dentro de la cultura y el momento histórico en que vivía el pueblo de Israel. Pongamos algunos ejemplos más. El pasaje de las relaciones de las hijas de Lot con su padre es quizás uno de los más chocantes e inaceptables para nosotros hoy (Levíticos 18:6–18). La idea de hijas teniendo relaciones incestuosas con el padre para poder tener descendencia nos resulta difícil de aceptar, no sólo por el hecho en sí, sino por la forma engañosa en que lo hicieron. Sin embargo, para los cánones culturales de aquellos tiempos puede ser de cierta manera justificable, en el sentido de que, como ya hemos apuntado antes, una mujer que no pudiera dar descendencia constituía algo rechazado por la sociedad. Algo que las hijas de Lot, como aparecen en el pasaje, no querían ser. Para nosotros hoy resulta escandaloso, sin embargo la narración lo presenta como algo aparentemente justificable por el temor de ellas de quedar estigmatizadas después de la desaparición de la mayoría de los hombres incluyendo sus esposos, por la destrucción de Sodoma. No aparece en el pasaje ninguna condena a ellas por lo que hicieron. Por el contrario, sus hijos fueron fundadores de pueblos, de acuerdo con la narrativa. (Génesis 19). Al mismo tiempo, el pasaje nos deja cierta sospecha de la intención del escritor de exonerar a Lot de tan reprochable hecho.

Otro ejemplo pudiera ser el de la familia de Samuel, el padre bígamo, nada condenado en aquella época y Ana su madre estéril, que bendecida por Dios tuvo un hijo que entregó a Elías para que fuese seguidor de Dios como le había prometido a este si le daba la oportunidad de ser madre.

La poligamia no era condenada, formaba parte de la configuración familiar aceptada por todos en el antiguo Israel y hasta los tiempos de Jesús. Desde Lamec, nieto de Caín (Génesis 4:19); Esaú (Génesis 26:25), Jacob (Génesis 29:20–28), David (II Samuel 12), pasando por las 700 mujeres de Salomón (I Reyes 11:3) por solo citar algunos ejemplos de personajes bíblicos relevantes.

Otra narración que nos presenta una familia totalmente diferente a lo tradicionalmente aceptado como tal en aquella época, lo constituyen Ruth, la moabita, y su suegra Noemí. Esta es una muestra de amor y fidelidad de Ruth hacia su suegra. A la singular familia se incorpora luego Booz, al casarse con ella. Nuera y suegra forman una familia inseparable y amorosa. Ambas familias, tanto la de Anna como la de Ruth, constituyen ejemplos de amor y fidelidad.

Uno de los enunciados bíblicos más novedosos lo constituye el que aparece en Mateo 23:53–55. Esta perícopa introduce un elemento importante dentro de la diversidad del concepto de familia en la Biblia. La familia de Jesús estaba constituida por María y José y sus hermanas y hermanos, que algunas iglesias identifican como primos, para preservar el dogma de la virginidad de María. Sin embargo, en el momento en que él estaba hablando a las multitudes, cuando ellos le buscan, la respuesta de Jesús fue inesperada y al mismo tiempo radical: “¿Quién es mi madre, y quienes son mis hermanos? Aquí tienen a mi madre y mis hermanos. Pues mi hermano, mi hermana y mi madre, son los que hacen la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mateo 23:46–48). A mi juicio, esta frase de Jesús no refleja que él estuviese en contra de la familia consanguínea, sino que está ampliando el concepto haciéndolo radicalmente más diverso. Nos guste o no, aceptémoslo o no, el pasaje está ahí mostrando mucho más aún la diversidad de modelos. En este caso, el amor y la obediencia a Dios nos hacen una gran familia. El fundamento de toda familia es el amor concreto y eficaz entre sus miembros. Así también, Jesús se preocupa por su madre en el momento de su muerte, encomendándole el cuidado de ella a uno de sus discípulos (Juan 19: 26–27). Otra familia muy cercana a Jesús que aparece en los Evangelios lo constituye la familia de Betania, los hermanos amigos de Jesús (Lucas 10: 25–42 y Juan 12:1–12). Lo interesante es que en ninguno de los pasajes se menciona a otra persona que formase parte de esa familia. Dos hermanas y un hermano la constituyen, otro ejemplo de la diversidad de familias en la Biblia.

El, Jesús, reta además a quienes le seguían y escuchaban, intentando superar las normas y la cultura del momento dentro de las que se moldeaban también en relación con la mujer y por ende su posición y papel en la familia. Solo algunos ejemplos: el diálogo con la mujer sirofenicia (Marcos 7:24–30), con la mujer samaritana junto al pozo (Juan 4), con la mujer que cometió adulterio (Juan 7 y 8) y la participación de María Magdalena en su ministerio, su diálogo con ella como resucitado y su envío apostólico en ese momento (Juan 20). Este abordaje crítico hacia la forma en que se trataba a la mujer en su época y en su cultura, tiene relación directa con el cómo abordaba el tema del matrimonio. Jesús cita y utiliza la primera narrativa de la creación situando al hombre y la mujer como iguales para después referirse a la unión entre ellos. (Mt. 19:4.5; Mc.10:6). Pudiera inferirse, al hacer esta cita, que abogaba por la monogamia para la familia. Sin embargo, no hay una crítica de Jesús en los Evangelios hacia la poligamia e incluso utiliza esa práctica como medio de enseñanza como es el caso de la parábola de las 10 vírgenes (Mateo 25). Es decir, que en época de Jesús aún se practicaba la poligamia en la sociedad judía.

Lo anterior contrasta con los escritos de Pablo y de la escuela paulina. Se puede observar claramente, en la primera carta a los Corintios 11:1–16, en la que se hace explícitamente referencia a la segunda narrativa de la creación, y se enfatiza la subordinación de la mujer al hombre. Sin embargo, al final del pasaje se hace un reconocimiento, por parte de Pablo, que esta posición se debe a las costumbres de la época: “si alguno insiste en discutir este asunto, tenga en cuenta que nosotros no tenemos otra costumbre, ni tampoco las iglesias de Dios.” En las cartas paulinas y pastorales la referencia bíblica que aparece cuando se escribe sobre el matrimonio y sobre las relaciones entre las mujeres y los hombres, es el segundo relato de la creación en Génesis 2. Esta posición, al decir de Pablo, corresponde indiscutiblemente a la tradición cultural y las costumbres de la época. Sobre todo al sistema de leyes romanas a través de las cuales se situaba al hombre como padre de familia y dueño absoluto de todos sus miembros, incluyendo la mujer.

Los códigos de familia en el Nuevo Testamento, tanto en Efesios (5:21–33) como en Colosenses (3:18–22), reflejan esta visión y enfatizan el papel del hombre por encima del de la mujer. Claro que intentan -sin lograrlo- suavizar los mandatos a las mujeres pidiendo a los hombres que las “amen y no sean duros con ellas”. Sin embargo, ya en las cartas pastorales (I Timoteo 2:9–15), los escritores asumen posiciones que no dejan otra opción para la mujer que la sumisión frente a la autoridad del marido. Habría que señalar que Pablo mismo aparentemente se contradice en muchas de sus posiciones, pues en la carta a los Gálatas, por ejemplo, afirma que no hay diferencias entre hombre y mujer pues todos somos iguales ante Dios (3:28). Quizás pudiéramos inferir que esto se debe a que intentaba abordar los problemas de cada una de comunidades que no sólo enfrentaban situaciones diversas sino que estaban localizadas en contextos socioculturales diferentes. No se trataría, entonces, necesariamente de una contradicción, sino de un análisis contextual de Pablo respondiendo a cada una de las particularidades de tales comunidades.

Ante estas narrativas y otras muchas, pudiéramos asumir desde nuestros tiempos dos posiciones. Por un lado, mantener la idea de que existe un solo modelo de familia, que a mi juicio no es bíblicamente válida, el llamado modelo original y tratar de reproducirlo en nuestra realidad, asignándole además a la mujer un lugar de subordinación al varón. Esto sería, obviamente, negar que en el mundo de hoy, tal y como en los tiempos bíblicos, no existe tampoco una sola manera de ser familia.

Por otro lado, podemos analizar críticamente la diversidad de familias que aparecen en las narrativas bíblicas. Este análisis crítico debe tener en cuenta las características de la sociedad y la cultura de entonces. Todo esto con el objetivo de ir más allá del texto en el sentido de intentar conocer las intenciones del escritor en medio de su comunidad, para entonces tratar de descubrir que nos quiere decir Dios ahora, en medio de nuestra propia realidad sociocultural, varios siglos después de redactado el texto y como ya hemos visto, en ocasiones también editado.

Correspondería asimilar de esos textos las mejores enseñanzas para nuestra vida familiar y la forma en que nos relacionamos en ese espacio más íntimo, de manera que podamos llegar a ser mejores personas y en consecuencia mejores familias. Tratar, a través de nuestro análisis, de entender y encontrar los aspectos esenciales del pasaje que leamos y que esa lectura nos pueda ayudar hoy a desarrollar una sociedad justa para todas y todos, donde no se haga distinción entre los derechos y el lugar que ocupan las diferentes personas dentro de la diversidad en las que, en nuestra cultura, se constituyen las familias. Reconocer que el sentido de las mismas no es solo la reproducción sino sino fundamentalmente las relaciones de amor, respeto, reciprocidad y equidad entre las personas que la constituyen.

Lo que hace a una familia es, sobre todo, el amor -no la mera afección entre los individuos, más el verdadero amor familiar, que establece relaciones de afecto, asistencia, y soporte recíproco entre sus integrantes. Lo que hace a una familia es la comunión, la existencia de un proyecto duradero de vida en común. Lo que hace a una familia es la identidad, la certeza de sus integrantes en cuanto a la existencia de un vínculo inquebrantable que los une y que los identifica frente a los otros y a cada uno de ellos frente a la sociedad.

De esta manera, podremos siempre llevar a la práctica la afirmación teológica esencial de que todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y todos somos hijas e hijos de Dios.

Pudiéramos asumir una posición crítica o no, del lugar de la mujer en la familia y de las distintas configuraciones de familias que aparecen en la Biblia, que evidentemente reflejan la sociedad de su momento. Sin embargo, para mí algo esencial sería asumir una posición crítica sobre la traspolación a nuestros tiempos de una sola de esas relaciones como modelo único (Génesis 2). Y al mismo tiempo, reconocer que vivimos en otra realidad socio cultural distinta en donde existen otras configuraciones familiares diferentes a la de los tiempos bíblicos.

De todo lo anterior se puede concluir que no se trata tanto de reproducir o criticar las diversas formas de familias que aparecen en las Escrituras, -todas ellas responden a su contexto-, sino de intentar descubrir la esencia divina manifestada en el amor, que se expresa o que está ausente en esas relaciones. Sólo así podemos intentar desarrollar relaciones familiares de diversos tipos que respondan a la intención divina que no es otra cosa que construir relaciones justas y de amor entre los seres humanos.

Fuente: Voces Ecuménicas Cubanas

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