De la “guerra justa” contra los vándalos

Foto: Twitter del obispado castrense

COLOMBIA-

Por Miguel Estupiñan-

Desde hace algunos años para acá, un escritor colombiano viene recomendando “una tarea de choque para castigar a los vándalos”. A estos los califica de plaga y los compara con animales que disfrutan destruyéndolo todo. Además de una breve historia de los vándalos, en la que el columnista al que me refiero se ha ocupado de un antiguo pueblo germano como supuesto antecedente de esta clase de entre comillas bandidos con suerte a los que no les pasa nada, el autor también ha escrito sobre teología. Quiero decir, sobre una supuesta teología del vándalo en la que (cito) “el caos es su dios, la destrucción sin sentido es su penitencia y la impunidad su redención”.

En lugar de ocuparme de una supuesta teología del vándalo, cosa que le dejo a tal escritor y a sus devaneos históricos de columna de opinión, mi propósito es referirme más bien a la teología de quienes en la última semana se han ocupado de esa tarea de choque y castigo que el columnista lleva recomendando hace años. Y esto lo hago a manera de formulación de un objeto de estudio para la teología y la sociología de la religión.

Como punto de partida planteo esta pregunta: ¿Qué influencia ha tenido en las actitudes que le hemos visto en los últimos días a sectores del Ejército y de la policía la formación teológica que, mediando el obispado castrense, recibe la fuerza pública? Ciertamente, hay sectores del Ejército y de la policía en trato con otras iglesias y en algunas de ellas se profundiza la creencia en la guerra espiritual, al tiempo que se pide al cielo la efectividad de las armas contra el enemigo durante la guerra, digamos, material.

Pero me limitaré a mencionar algunas elementos asociados estrictamente a la relación Estado-Iglesia católica. Los especialistas podrán determinar si algunos de dichos elementos coinciden o no con otros aspectos de un campo más amplio que podríamos definir como el de las relaciones entre Estado y cristianismo.

Hace algunos meses, mientras salía a la luz información sobre muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate por parte de agentes del Estado, el general Zapateiro, actual comandante del Ejército, escribió en Twitter: “Somos soldados del @COL_EJERCITO, y no nos dejaremos vencer por más víboras venenosas y perversas que quieran atacarnos, señalarnos o debilitarnos. Oficiales, suboficiales y soldados, no nos rendimos, no desfallecemos, siempre fuertes con la cabeza en alto. Dios está con nosotros” (19-02-21).

No me detengo en la animalización del enemigo. Son evidentes las coincidencias entre dicho mecanismo y la retórica de otros sectores de la sociedad. Llamo la atención simplemente sobre la creencia castrense en la tutela divina sobre el papel de las fuerzas armadas. Los biblistas podrían explicarnos hasta qué punto una genealogía de la justificación religiosa de la guerra merece ocuparnos de tradiciones teológicas veterotestamentarias y si una exégesis histórico crítica, por ejemplo del libro de Josué, daría algunos elementos en la tarea de esclarecer el alma de la represión que hemos visto en estos días en Colombia.

Me limito sencillamente a recordar que el Concordato de 1973 en su número XVII definió que “la atención espiritual y pastoral de los miembros de las Fuerzas Armadas se ejercerá por medio de la Vicaría Castrense [hoy obispado], según normas y reglamentos dictados al efecto por la Santa Sede, de acuerdo con el Gobierno”. Si bien la Corte Constitucional declaró inconstitucional el numeral en 1993, décadas de alianza entre la cruz y la espada mantienen su inercia y no es difícil encontrar imágenes de ritos de bendición previos a operativos de carácter militar, bien sea por parte del Ejército o de la policía.

Un antecedente para pensar las lógicas de guerra justa está en la Ciudad de Dios, de San Agustín. Según explica el historiador y sociólogo Rodolfo Ramón de Roux, las tesis sobre la justificación de la violencia del Imperio contra los “bárbaros” fueron emitidas por el antiguo obispo de Hipona cuando Roma sintió amenazada su soberanía hacia el siglo V por cuenta de la acción de otros pueblos. Vaya coincidencia. Es el siglo al cual remite el columnista ya mencionado en su breve historia del vandalismo. Pues bien, Agustín “compara el hecho de matar en la guerra con el acto de un padre que castiga a su hijo”.

Me pregunto cuánto de esta u otras tradiciones teológicas para justificar religiosamente la violencia contra el enemigo pervive en las catequesis que reciben hoy en día policías y soldados. De la guerra justa contra los bárbaros, en la historia se pasó a la guerra santa contra los infieles y al castigo físico contra los herejes. No creo que sea una analogía aventurada situar la represión policial de estos días como un nuevo momento de estas dinámicas. Durante décadas, conocimos la defensa armada del orden cristiano occidental catalogado como civilización legítima de nuestro tiempo. Las dictaduras del Cono Sur revelaron que se trató también de un combate de tesis teológicas. Al punto que durante las torturas a las que fueron sometidas algunas personas también se pretendió establecer si sus creencias religiosas correspondían o no con las creencias catalogadas como “decentes”.

La retórica contra el vandalismo es una nueva fase de la construcción del enemigo y el hecho de que algunos se atrevan a elucubrar sobre una supuesta teología afecta al caos y a la destrucción prende las alarmas sobre los niveles del procedimiento. Este no se agota en la condena de ciertas prácticas ni en el rechazo del ejercicio de controvertir el orden. Va más allá y llega, incluso, al cuestionamiento del trato establecido o no con la trascendencia. Fue lo que puso de manifiesto la aparición en escena del neonazi Alexis López, en su momento catedrático de la Universidad Militar de Colombia. Durante una conferencia para miembros de la institución, López alineó a exponentes de la denominada “revolución molecular disipada” con sectores materialistas que niegan lo trascendente. Lo cual revela que la inercia de la dimensión teológica del combate contra el enemigo interno pervive en nuestros días y, más allá de meras columnas de opinión, hace parte de la formación a la que están sometidos los altos mandos militares.

Al menos hipotéticamente, me atrevo a señalar que quizás la reedición de aspectos de la doctrina de seguridad nacional halla soporte en elementos de tradiciones teológicas de larga data. No basta con una condena por vía analógica de dichos elementos presentes en la defensa a sangre y fuego de “la paz de Duque”, en efecto una suerte de nueva pax romana. Tal vez convendría ir más allá del mero juego de las analogías y pasar, incluso, a un análisis iconográfico. En un club de infantería del Ejército situado al norte de Bogotá, un soldado de la patria se arrodilla frente a la cruz. Lleva consigo el fusil. No solo tiene a Dios de su parte. La ley dota de legitimidad sus esfuerzos. Se trata de una escultura casi a escala natural: toda una catequesis para los oficiales, en sus ratos de ocio.

Un domingo cualquiera, el comandante del ejército podrá concurrir a dicho club, en medio del acoso de sus responsabilidades. No será difícil que un capellán castrense lo absuelva, para admitirlo a la cena de los elegidos. Quizás durante el almuerzo, junto a la escultura del soldado cristiano, su pasión lo lleve a sentirse no solamente a gusto, sino también redimido.

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