Protestas ciudadanas en Colombia: la cautela de las iglesias

Liderazgo religioso reunidos con el presidente Duque (Presidencia Colombia)

COLOMBIA-

Alvin Góngora

En el principio era el silencio. Luego cayó la primera gota. Gruesa. La sequía, esta vez, fue el silencio. Transcurrían las primeras jornadas de movilizaciones ciudadanas. El 28 de abril de 2021, y con ocasión de la provocación urdida por la administración Duque Márquez que, en el marco de la pandemia, anunció una reforma tributaria supremamente lesiva para sectores debilitados como la clase media, se desencadenó una protesta creciente de la ciudanía en todo el país. A medida que las manifestaciones pasaban por encima del riesgo de contagio del virus que provoca el Covid-19 y de manera creciente atraían a los más diversos sectores del mapa social colombiano, la respuesta por parte del Estado colombiano se concentraba, de manera igualmente creciente, en la brutalidad policial en todo el país.

En el entretanto, silencio.

El ya para entonces endeble edificio democrático en Colombia aturdía con su estrépito de violencia oficial todo el territorio nacional. El bullicio del terror estatal se acentuaba con titulares y videos provenientes de los medios afines a la administración Duque Márquez. Medidas no declaradas de estado de sitio en Cali pusieron a la ciudad bajo control militar. Temblores ONG reportó el 5 de mayo 222 heridos, 37 muertos, 832 detenciones arbitrarias, 312 intervenciones violentas de la fuerza pública, 22 víctimas de agresiones oculares, 110 casos de disparos de armas de fuego, 10 víctimas de violencia sexual.

En el entretanto, silencio.

Transcurrió una semana de horror. Los jóvenes parecían (y parecen) ser el blanco predilecto de la brutalidad policial y del abuso de ciudadanos adinerados afectos al presidente colombiano y, en mayor escala, a la figura detrás del trono, el ex presidente, ex senador, ex presidiario y personaje actualmente bajo investigación criminal, Álvaro Uribe Vélez. Este influyente ciudadano se ha encargado de dirigir las acciones bélicas desde su cuenta en Twitter, por lo que ya se ha granjeado una sanción por parte de esa red de micro-blogueo.

Y cayó la primera gota. El silencio de las iglesias se rompió con el comunicado de la Conferencia Episcopal de Colombia el 4 de mayo. La iglesia católica despejó así lo que los entendidos llaman “la polifonía semiótica del silencio,” que es la equivalencia académica del popular “el que calla otorga.” A lo largo de esa primera semana de horror, el país se venía preguntando por la voz de la iglesia. En su comunicado, los obispos son cautos. Tras reconocer la gravedad de la situación, hacen el llamado pastoral a la concordia sin puntualizar la responsabilidad del gobierno central en la creación y manutención del caos.

Tras esa primera gota, comenzó a caer una lluvia. Leve. Dispersa. El 5 de mayo, la iglesia Casa Sobre la Roca pasó al micrófono. Que baste un detalle para ilustrar el peso que esta iglesia tiene en la sociedad colombiana: uno de sus miembros es Radamel Falcao, probablemente el único futbolista que todos queremos. Con una cautela similar a la del episcopado, Casa Sobre la Roca da un paso y reconoce la protesta social como derecho. Invocando a Bonhoeffer y a Calvino, esta iglesia se ubica entre el derecho a la protesta y la solicitud a sus miembros a que no la citen en las manifestaciones. Es un llamado al recato. La lluvia continuó con un video del pastor Andrés Corson, de El Lugar de Su Presencia, megaiglesia par excellence, en el que dirige al país en oración. Al orar invoca la protección de lo Alto sobre el andamiaje gubernamental hoy vigente en Colombia. Las demás megaiglesias siguen guardando silencio.

La lluvia leve continuó. Declaraciones de las minorías eclesiales progresistas, de voceros respetados en el mundo cristiano como Francisco de Roux (Jesuita), Harold Segura (Bautista, hablando a título personal y como ejecutivo de Visión Mundial), entre otros, organizaciones ecuménicas, videos de pastores como Luis Miguel Caviedes (Metodista) en Cali, que trasladó su púlpito y su lugar secreto de devoción a las calles de los sectores populares en su ciudad.

Algunos voceros que participan activamente en las protestas temen que esa pluralidad de voces, incluyendo las de las iglesias históricas y afines, que son minoría en Colombia, terminen por legitimar la administración Duque Márquez. En conversación personal, Hans Cediel, candidato a doctorado en Economía por la Universidad de General Sarmiento, Argentina, considera que las iglesias que fueron invitadas a dialogar a palacio, diálogo que transcurre en el momento en que escribo estas líneas, “deberían ir siempre y cuando vayan primero los líderes del paro y las organizaciones sociales, son ellos los que están en las calles no es la iglesia. La iglesia tiene que decir ‘hablamos con el gobierno cuando hablen primero con los líderes del paro y haya compromisos con la sociedad’, no al contrario. De hecho (los voceros de la iglesia) debieron antes reunirse, dialogar frente al tema y luego mirar posturas, como resultado de un ejercicio democrático, como hacen los indígenas.” Las prevenciones generales que despierta la invitación a palacio que el gobierno central les extendió a las iglesias siguen las líneas enunciadas por Cediel.

La lluvia de declaraciones dio por terminada la sequía. Una llovizna de cautela. A excepción de una declaración de Teólogas y Teólogos de Colombia, ninguna voz reconoce el quiebre que tiene que darse si es que las iglesias van a asumir un papel profético en estos tiempos turbulentos y los que sobrevendrán. La sociedad misma, que aún sigue con la sensación que la iglesia no se ha pronunciado, está demandando una ruptura con lo que se da en llamar establecimiento. Las jornadas de oración del viernes 7 y sábado 8 de mayo que se adelantaron en diversas ciudades fueron protagonizadas por congregaciones de diverso cuño que coincidieron en orar pidiéndole perdón a Dios y a las autoridades por el desacato (Bogotá, Armenia), llamados a la conversión individual (Bogotá, Cali) y proclamaciones de alabanza al nombre de Jesús (Bogotá). Es lo que el teólogo Jefferson Rodríguez denomina, “la banalización de la oración.”

Queda la pregunta de si un silencio tan largamente sostenido (una semana de protesta ciudadana es una eternidad; más de dos décadas de repliegue bajo las toldas de la extrema derecha, todo un eón) fue el silencio de la escucha. Los llamados a la convivencia y a la paz constituyen el rasgo común a la pluralidad de voces cristianas. Con todo, en momentos en que un gobierno central la emprende contra su población, descargando sobre ella sus arsenales jurídicos, tributarios, legales y bélico apelando a mecanismos de guerra sucia, la cautela, calculada o no, ¿equivaldrá acaso al silencio? La ciudadanía no se ha alzado contra el gobierno ni contra las instituciones del Estado. Sin embargo, es a ella a quien los voceros de las iglesias interpelan.

“Nosotros estamos llamados a señalar la injusticia … como iglesia somos constructores de paz y puede haber muchas propuestas creativas en torno a cómo manifestarnos.” Yalile Caballero, vocera de la Iglesia Menonita de Colombia denuncia la postura acomodaticia de un sector de la iglesia colombiana ante los abusos del gobierno central. En el contexto de protestas ciudadanas que ya entran en su segunda semana, y a fin de atemperar los ánimos sin por eso ceder en el uso desproporcionado de la fuerza pública, el gobierno de Iván Duque Márquez ha iniciado una serie de diálogos con sectores inicialmente afines a sus planes de gobierno.

El domingo 9 de mayo el turno fue para las iglesias cristianas. La reunión con sus voceros no fue un espacio de diálogo abierto. Como lo denuncia la lideresa menonita, tanto las participaciones como la declaración final ya habían sido acordadas de antemano. Aquí el video:

Este intento por tenderle un manto de legitimidad al gobierno de Iván Duque Márquez por parte del sector religioso cristiano se dio justo cuando en Cali la Minga indígena estaba siendo atacada con armas de fuego al sur de la ciudad. El rechazo por parte de la Iglesia Menonita hace eco a amplios sectores de las bases de las iglesias y de la sociedad civil que son testigos de la profundización de la violación de los derechos fundamentales por parte de la administración Duque Márquez, que insiste en cerrar sus oídos a las demandas ciudadanas en Colombia.

Alvin dice que creció en un contexto evangélico del que se desvinculó muy temprano para luego abrazar la fe en sus años universitarios. Tiene una licenciatura en Lingüística, maestrías en Teología y en Filosofía Político. Empezó un programa doctoral en Teología Política que se quedó a medio camino porque la vida lo obligó a ponerse serio y garantizar un ingreso. Ha sido docente en todos los niveles: desde preescolar hasta el universitario. Es editor y traductor.

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