El evangelio según mi padre: por las raíces de la violencia política en Colombia

Organizaciones de derechos humanos en Colombia denuncian que la represión estatal es la responsable de los grados de violencia que ha alcanzado la situación en ciudades como Cali. | Foto: Twitter: Comunes Cali

COLOMBIA-

Por Alvin Gongora

El anuncio de mi padre desde el púlpito de que al terminar el culto dominical seguiría una reunión de negocios de la iglesia nos llenó a los niños de alegría. Los domingos se hacían más soleados, plenos y, cuando los adultos se quedaban en sus sesiones tediosas “de los negocios del Señor”, podíamos entender de primaveras por allá en lo alto de las laderas de la Cordillera Central, en el sur del Tolima, en Colombia, en donde nunca se dan las estaciones.

Mi padre era pastor de la Alianza Cristiana & Misionera. Su parroquia abarcaba un amplio sector del rincón sur del departamento. Habían pasado ya los años terribles de una Violencia, así, en mayúscula, que desató una cultura de terror que ya se venía incubando desde décadas atrás. Mi padre era muy joven en esos años de Violencia abiertamente desencadenada por el Estado en manos de un todavía existente Partido Conservador que por entonces no se ruborizaba de su catolicismo tridentino, ni de sus simpatías fascistas (las mantiene, pero ahora las niega). Con el tiempo llegaron la paz ficticia que consagró a las castas superiores colombianas como las únicas dignas de detentar el poder, el matrimonio de mis padres, los intentos de Colombia por adoptar el modelo de Estado de bienestar social, las propuestas de desarrollo de la CEPAL, la Alianza para el Progreso, la pacificación con autodefensas campesinas que simpatizaban con el Partido Liberal, la persecución a autodefensas campesinas que percibieron el engaño, se volvieron comunistas y luego guerrillas con todas sus credenciales, la promoción de mi padre a la presidencia de la AC&M, su democión, los nacimientos de mis hermanos mayores, el mío, la salida de la ciudad donde nacimos, nuestro asentamiento en una finca cafetera, la reinvención de mi padre como pastor rural.

La capilla estaba ubicada en lo alto del caserío. En esos lejanos tiempos de la Violencia con V, en la propiedad de al lado se había instalado un batallón del ejército. Nunca supimos qué vigilaban. A mi padre nunca le gustó la vecindad armada. Puso a prueba por primera vez su autoridad de pastor cuando presionó a los congregantes para que dejaran sus machetes en la entrada de la capilla antes de entrar al culto. Los campesinos nunca salen sin su machete al cinto. Nosotros como familia Góngora Garzón, tampoco. De niño lucía con orgullo la cubierta de mi machete: en cuero, bordada con caracteres y arabescos de diversos colores, hilos de cuero que colgaban desde la parte de arriba de la cubierta hasta su extremo inferior. Ramales, era como los llamábamos. Entre más ramales tuviera la cubierta, más vistosa, más sexy. Más viril.

Mi padre ganó ese pulso. Los evangélicos dejaron de asomarse los domingos por el caserío sin sus machetes. “Por su ausencia os seréis conocidos,” hubiera proclamado el autor bíblico de haber previsto en su perspicacia neotestamentaria el caserío de Campohermoso, en el sur del Tolima. Luego, mi padre la emprendió contra el batallón del ejército. ¡Y logró sacarlo! A riesgo de que lo estigmatizaran como colaborador de la guerrilla. Él ya sabía qué era eso. En su juventud, en los tiempos de la Violencia con V, ya había cargado con ese rótulo. Su hermano Josué, el más cercano a él, había sido torturado por el ejército y su cuerpo incinerado tras haber sido señalado como correo de las guerrillas.

Para cuando mucho tiempo después llegó ese domingo primaveral del que les hablo, donde había estado antes el batallón había ahora unas barracas vacías y un helipuerto. Solo quedaban las ruinas y una H formada con piedras en donde solía asentarse el helicóptero en los viejos tiempos de disparos indiscriminados, violaciones e irrespetos a los derechos de las personas por parte de soldados y comandantes que entonces, como ahora, ven a un feroz guerrillero armado hasta los dientes en el más anodino campesino. Mientras los adultos revisaban las cuentas de la iglesia nosotros jugábamos a nuestras anchas.

De repente un ruido extraño. Yo lo había escuchado en una película que nos presentó una vez un maestro rural que de cuando en cuando visitaba la zona. Pero no lo podía identificar. Hasta que apareció, justo frente a nuestro ojos. Un enorme helicóptero que yo no sé por qué suele presentar primer sus aspas, no importa si cuenta con todo el espacio alrededor para avisar su presencia.

Y era de verdad. Y se bajaron soldados de verdad. Con camuflado. Y armas terciadas en sus espaldas. Y cinturones cargadas de municiones. Y botas relucientes. Y caras feas. Detrás de ellos bajó un hombre joven. Rubio. Alto. Sin armas, Sin cinturón con municiones. Sin cara fea. “¡Búsquenme al que manda aquí!” rugió. Pera ya estaban ahí todos los de la iglesia y los demás campohermosunos que habían interrumpido sus rancheras, sus riñas de gallos y sus aguardientes.

“¡Quién es aquí la autoridad!” Volvió a rugir. Todos nosotros, niños y viejos, desde el más grande hasta al más pequeño, habíamos formado un círculo a su alrededor. El más alto entre nosotros, que era don Celso, o alguno de los Torres, o de los Gutiérrez, a duras penas alcanzaba los hombros del oficial joven, rubio, alto y bello. Yo lo miraba preguntándome si acaso era un gringo, pero su apellido en la marquilla de su camisa era demasiado parroquiano: Matallana.

“Necesito que alguien se encargue de distribuir esto,” volvió a insistir el de la marquilla Matallana. Fue entonces cuando nos dimos cuenta que los soldados habían bajado del helicóptero una cantidad enorme de cajas que lucían el sello USA ARMY, y de rifles. Eso fue lo que oí que los mayores exclamaron: “¡Rifles!” Un soldado puso en manos del de la camisa Matallana una tabla con unas hojas y un lapicero.

“Don Eliécer, usted que es el pastor,” se oyeron voces. Mi padre titubeó. “¿Qué hay que hacer, Capitán?” “Vea, don Eliécer. Usted me va apuntando aquí nombre, apellido y número de cédula de cada persona que va a recibir un rifle y su munición. Solamente los hombres. Hagan una fila aquí donde les indique el soldado.”

Hubo un silencio en el mundo. Se sentía la emoción de los niños alrededor del árbol de navidad justo antes de que empiecen a repartir los regalos. Solo que en Campohermoso no eran niños. Ni regalos. Allá nunca hay Navidad. La única diversión de los adultos por esos días era emborracharse y agarrarse mutuamente a machete al son de los mariachis. Las armas, al parecer, disparan dopaminas y adrenalinas en adultos silenciosos a quienes las violencias padecidas han forzado a convertirse en personas reservadas. Un rifle nuevo, marcado con letras desconocidas (nadie podía descifrar el enigma U-S-A A-R-M-Y) y tres cajas de municiones les traía una satisfacción que ninguna botella de aguardiente Tapa Roja ni la salvación en Cristo podían proporcionar.

“No, mi Capitán.” La voz de mi padre, trémula, fue clara. “No. Yo y mis vecinos perdimos mucho en la Violencia; nuestros padres, nuestras fincas, nuestra niñez. Yo no voy a repartir armas.”

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Décadas más tarde el Capitán Matallana era ya General y alto comandante de las Fuerzas Armadas de Colombia. Tras su retiro se convirtió en un actor importante en la búsqueda de la paz con la insurgencia por la vía del diálogo, y no de las armas. Llegó incluso a colaborar en la revista Alternativa, un órgano de la izquierda democrática que contó con el impulso de Gabriel García Márquez. El otoño de su vida lo dedicó a deshacer esos intentos de armar a la población que impulsó en su juventud, que fueron los inicios de la actual ola de criminalidad paramilitar que ha recrudecido hoy cuando ya no tenemos a un ex General Matallana que combata desde adentro la tendencia criminal del Estado colombiano; cuando no tenemos un pastor rural que se niegue a distribuirle a la población civil armas así tengan el imprimátur USA ARMY, mayormente hoy que se empiezan a conocer iglesias y pastores que apadrinan el paramilitarismo urbano actual.

Es esa ola a la que acude la cada vez más desprestigiada fuerza pública del Estado colombiano que se vale de civiles adinerados, vinculados al narcotráfico, que al amparo de la policía han salido a las calles colombianas a asesinar a manifestantes que, en el marco de un paro nacional que hoy cumple 32 días de edad, insisten en hacer valer la intención de construir un Estado Social de Derecho, tal cual lo proclama la Constitución de Colombia.

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