La enajenada devoción de Vargas Llosa

PERÚ-

Por Germán Vargas Farías

¿Qué puede inducir a un hombre que no es tonto a decir tonterías?, preguntaba Mario Vargas Llosa en una muy ingeniosa columna escrita en marzo de 2009. Se refería al entonces ministro de Defensa, Ántero Flores Aráoz, quien había dicho que el Perú no necesitaba museos mientras sea pobre y con carencias sociales, lo que en realidad escondía sus prejuicios y la oposición del gobierno de Alan García a la construcción de un museo, o lugar de memoria, a propósito de un donativo para tal fin ofrecido por el gobierno alemán.

La intervención del escritor en aquella ocasión contribuyó, sin duda, a cambiar la decisión del gobierno peruano, que terminó aceptando la donación de dos millones de euros y comprometiendo al mismo Vargas Llosa para que presida la comisión creada para diseñar e implementar el museo, a pedido de García Pérez.

He recordado y contado esos hechos en algunas reuniones fuera del país, y casi siempre frente a auditorios que asociaban a Vargas Llosa con regímenes conservadores, y que sospechaban de él considerando el izquierdismo de sus inicios, y su posterior conversión a la derecha.

Sin embargo, así fue, y nadie puede negar que, dado su prestigio, sus pronunciamientos han sido muy influyentes en varios momentos críticos de nuestro país, habiéndose convertido en uno de los personajes más aborrecidos de la derecha peruana, y en particular de aquella como el fujimorismo que confunde principios con prejuicios, y que cree que hacer política es encharcarlo todo.   

Por eso, y porque se trata de un intelectual que les conoce bien, su repentina devoción a Keiko Fujimori y sus aliados no dejó de causarme cierto sinsabor, lo reconozco y -porque aún le aprecio, confieso- vergüenza ajena.

¿Qué puede inducir a un hombre que no es tonto, sino un brillante escritor como MVLL, a hacer o involucrarse en tonterías?, ¿qué puede incitarle a respaldar a una de las personas más desprovistas de escrúpulos y talante democrático de la política peruana en los últimos 46 años, que es la edad de la heredera principal de Alberto Fujimori?

Ensayaré una respuesta al estilo del novelista. Tres cosas profundamente arraigadas en un importante sector de la comunidad política e intelectual de nuestro país: el miedo, los prejuicios y la lejanía (o desdén) desde donde se interpreta nuestra realidad.

Eso, me parece, provoca que sobredimensione todo, y a todos. Si gana el señor Castillo, asegura Vargas Llosa, “el Perú será una segunda Venezuela dentro de pocos años”, entonces todo lo que se oponga a impedir que gane el profesor, o sea proclamado presidente, es parte de “la lucha por defender la democracia y la libertad que la acompaña”. Se olvida de la fragilidad del partido de Castillo, y soslaya que la prepotencia y la bravuconería están del otro lado, sí, allí donde se ha ubicado cómodamente él.

Y se comporta como el radical de derecha que sus críticos hace rato ven, y cree ciegamente que Keiko Fujimori corregirá lo que llama “sus errores”, simplemente porque así lo ha prometido.  “Creo que la señora Fujimori ha actuado de una manera muy decente y creo que esa es la razón por la que la hemos apoyado muchísimos que antes éramos antifujimoristas militantes de muchos años”, dice sin ruborizarse el escritor, y prefiere no darse cuenta que la señora K es la misma que reivindica y aprueba, en estas elecciones, a la dictadura de su papá. 

En una entrevista concedida a César Hildebrandt, allá por noviembre de 1992, Vargas Llosa decía de Fujimori padre “Creo que es un político, en lo que esa palabra tiene carga de cinismo y de falta de convicciones. Su meta es el poder, mientras más extenso mejor…Es un hombre frío que no conoce la incomodidad de los escrúpulos o los principios y, de algún modo, representa de modo cabal aquello (a lo) que se ha reducido la política peruana, una actividad que no conoce de idealismo y generosidad o ideas, una actividad que se basa en la manipulación y la intriga, en el olvido y la picardía, todo aquello que se celebra en calles y plazas del Perú y que es para mí –y para muchos peruanos, felizmente, todavía- una fuente infinita de pesadumbre”

En los años siguientes el dictador no hizo más que confirmar lo que el escritor avizoró más temprano que otros. La paradoja es que tiempo después parezca seducido por la candidata que representa toda esa miseria.

El miedo, los prejuicios y la lejanía, pueden convertir al más ilustrado en un simple cacaseno. Hay personajes así, y lo vemos en nuestra realidad, a veces es más truculenta que aquellas que tan magníficamente nos cuenta el Marqués de Vargas Llosa. 

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