Tanta sangre derramada y tanto dolor causado no serán en vano

Tere y Luis Van de Velde-

“Como pastor y como ciudadano salvadoreño, me apena profundamente el que se siga masacrando al sector organizado de nuestro pueblo solo por el hecho de salir ordenadamente a la calle para pedir justicia y libertad. Estoy seguro que tanta sangre derramada y tanto dolor causado a los familiares de tantas víctimas no serán en vano. (*)  Esa sangre y dolor que regará y fecundará nuevas y cada vez más numerosos semillas de salvadoreños, que tomarán conciencia de la responsabilidad que tienen de construir una sociedad más justa y humana, y que fructificará en la realización de las reformas estructurales audaces, urgentes y radicales que necesita nuestra patria. (*)”

Vale la pena retomar esta frase de Monseñor Romero, hoy el día después de la beatificación de los 4 mártires. “que tanta sangre derramada y tanto dolor causado no serán en vano”.  Estos mártires participan del río de sangre que provocó tanto dolor en el pueblo salvadoreño y también en la Iglesia.  Su beatificación oficial puede ser el inicio de un nuevo compromiso de la Iglesia para la transformación de la sociedad.   Sería muy decepcionante si la Iglesia (a todo nivel) se limitara a venerar a esos beatos en los altares de los templos.  Recordemos que en los años después de los Acuerdos de fin de guerra hemos sufrido hasta más asesinatos y desaparecimientos que durante los mismos 12 años de guerra.  El gran problema de la sociedad extremamente violenta sigue clamando hacia el Cielo. 

En la cita que hemos escogido Monseñor abre el horizonte acerca de lo que él espera como cosecha de tanta sangre derramada.

Visualiza que “Esa sangre y dolor que regará y fecundará nuevas y cada vez más numerosos semillas de salvadoreños”.  Es decir, nos expresa su visión de futuro que nacerán nuevas generaciones de salvadoreños/as cuyas vidas han sido fecundadas y regadas por la sangre derramada.  Esto suena bonito, pero ¿en qué medida estamos lográndolo?  Las nuevas generaciones de niños/as, jóvenes, adultos/as agresivamente involucrados en la plaga de las pandillas son un indicador.  Lo mismo podemos decir de los miles y miles de salvadoreños que han seguido huyendo de El Salvador, huyendo de la violencia, de la falta de oportunidades de trabajo, la falta de salario digno.   Mientras tanto miles de familiares nuestros en el exterior (con o sin papeles formales de residencia) mantienen la mayor parte de nuestra economía gracias a sus remesas.  Proyectos gubernamentales de subsidios anualmente repetidos y entregados de manera paternalista, alivian temporalmente algunos problemas de sobrevivencia, pero no constituyen soluciones.

Monseñor espera que la sangre derramada germine en salvadoreños/as que “tomarán conciencia de la responsabilidad que tienen de construir una sociedad más justa y humana”.  En realidad la mayoría de nuestro pueblo sigue viendo la situación y los problemas de manera pasiva, esperando que otros (sobre todo “el gobierno de turno”) resuelvan o quejándose que no lo resuelven suficientemente. No es eso lo que Monseñor espera de la germinación de las semillas de sangre derramada.  Nos urge que tomemos conciencia de nuestra común responsabilidad de construir una sociedad más justa y más humana.  No basta ir a depositar como casi cada dos años un voto, por muy importante que sea.  Si no nos ayudamos a concienciarnos sobre nuestra responsabilidad común iniciando con acciones organizadas, jamás veremos soluciones duraderas.  El sistema en que hemos crecido nos dice siempre que no podemos hacer nada, que no tiene sentido ya que otros siempre aprovechan de la oportunidad, que los pobres siempre serán pobres, etc.  En la medida que en nuestro propio entorno donde vivimos y trabajamos empezamos a reflexionar juntos para llegar a organizarnos para las primeras acciones, estaremos avanzando hacia el futuro más justo y más humano.  Tenemos tantas dificultades y problemas en común, que pueden unirnos y ayudarnos a luchar juntos/as.  Que no nos dejemos paralizar por discursos políticos, ni por las críticas de los “sabe-lo-todo”, ni por los subsidios y entrega de productos: analicemos las causas y actuemos organizadamente.  Formarnos, informarnos, analizar, buscar las raíces de los problemas: son tantas tareas que debemos hacer en comunidad, en organización.

La cosecha de esos esfuerzos colectivos de toma de conciencia y acción común “fructificará en la realización de las reformas estructurales audaces, urgentes y radicales que necesita nuestra patria”.  Monseñor dijo esto en enero 1980, es decir, hace 42 años y de “reformas estructurales audaces, urgentes y radicales” en beneficio de las grandes mayorías de nuestro pueblo, aún no se visualiza mayor cosa.  Recordemos para iniciar que nuestra constitución es de 1983, elaborada al inicio de la guerra y con una mayoría de la derecha en la asamblea, bajo el liderazgo de Roberto D’Abuisson.  El capitalismo neoliberal ha sido fortalecido a partir del gobierno de Cristiani con todos los procesos de privatización, de desmantelamiento de la mayor parte de las cooperativas de la reforma agraria, de salarios de hambre y un sistema privatizado de pensiones que solo enriquecen a los dueños de las AFP mientras empobrecen a los/as jubilados/as.  Monseñor Romero sabía muy bien que esas transformaciones de las estructuras de la sociedad deben ser realmente “audaces, urgentes y radicales”.  Los políticos (en los poderes ejecutivos y legislativos) no van hacer caso a ese grito de Monseñor Romero si las mayorías de nuestro pueblo no empiecen a caminar, a hacer oír “su” voz (no la voz de otros que pretenden hablar en nombre de las mayorías: ¡cuidado!). 

Por supuesto las Iglesias tienen una tremenda responsabilidad en motivar y acompañar esos procesos de concienciación y organización (ver – juzgar – actuar – evaluar – celebrar) en nuestro pueblo. No bastan las prédicas religiosas, ni las actividades meramente religioso – culturales.  Es bueno recordar la experiencia eclesial de los años 70 del siglo pasado, con el empuje que el arzobispo Luis Chavez y Gonzales ha dado a la pastoral social liberadora, con el trabajo de concienciación y organización dinamizado por el Padre Rutilio Grande y su equipo, y  tantos otros agentes de pastoral. 

Manos a la obra. No tengamos miedo.  Confiemos en lo que dice Monseñor Romero: “Estoy seguro que tanta sangre derramada y tanto dolor causado a los familiares de tantas víctimas no serán en vano. (*)  Esa sangre y dolor que regará y fecundará nuevas y cada vez más numerosos semillas de salvadoreños, que tomarán conciencia de la responsabilidad que tienen de construir una sociedad más justa y humana, y que fructificará en la realización de las reformas estructurales audaces, urgentes y radicales que necesita nuestra patria.”

Reflexión para el domingo 23 de enero de 2020         Cita de la homilía de la eucaristía del tercer domingo ordinario, Ciclo C, 27 de enero de 1980.  Homilías, Monseñor Oscar A Romero, Tomo VI, Ciclo C, UCA editores, San Salvador, p.243

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