“Somos la sumatoria de las resistencias en Colombia”, Una mirada personal al triunfo del Pacto Histórico en las elecciones presidenciales

Jenny Alejandra Medina, madre de Dylan Cruz, con Gustavo Petro (EFE/ Mauricio Dueñas Castaneda/EFE)

COLOMBIA-

Por Alvin Góngora-

La noticia llegó cuando empezaba el abordaje a mi vuelo que me traería de regreso a Cali. Admito que me salió costoso empujar con mi voto y su debilidad a Gustavo Petro y Francia Márquez a la presidencia y vicepresidencia de Colombia. Sumando la que nos permitió elegir un nuevo Congreso, fueron tres las jornadas electorales que me llevaron a volar entre Cali (mi residencia) y Bogotá (donde tengo registrado mi derecho al voto). Ese domingo de lluvia, 19 de junio, estuve temprano haciendo la fila en mi puesto de votación. Me regresé en la tarde con un pálpito de esperanza. No vi en las calles patrullas del ejército ni los comandos de asalto en que se han convertido las fuerzas de choque de la Policía Nacional (ESMAD: Escuadrones Móviles Antidisturbios). Esa ya era una buena señal.

De manera similar a la vieja canción de The Beatles que le canta a un sendero largo y tortuoso que lleva al corazón de alguien, la ruta que llevó a la Casa de Nariño a una propuesta de raigambre popular fue largo y tortuoso. Es una andadura que no se queda en los 35 años que separan al Gustavo Petro, combatiente en las filas del M-19, del Gustavo Petro, hoy Presidente, así, con mayúscula. Ni tampoco es una que se reduce a los 240 años de historia republicana que la Vicepresidente, también mayusculada, Francia Márquez recordó en su alocución de victoria. Es una lucha aún más dilatada que solo hasta ahora adquiere un aplomo que hace sentir su peso en la historia.

Le ha costado a Petro granjearse la confianza del establecimiento colombiano. No obstante su brillantez como miembro del Congreso, su apego indeclinable a la norma constitucional, las abundantes evidencias de ser un líder que sabe concebir un ordenamiento político a tono con las demandas de la sociedad de hoy y sus grandes aciertos como alcalde de Bogotá, Petro ha tenido más malquerientes que aliados. Con todo y que nadie puede precisar las razones por las cuales él no es un líder de confiar, nadie abandona los temores que despierta.

Se dice de Petro que es autoritario. Se le acusó de “desgreño administrativo” cuando fue alcalde (y nadie pudo mostrar las pruebas de tal cosa). Se asegura que, una vez en el poder, no lo va a soltar. La gente lo compara en ese sentido con Chávez y Evo Morales, pero a quien describen es a Mugabe que, por haber sido africano y distante, no salta a flor de labios. Y si le prestas atención a los de mi cotarro cristiano oirás otro tipo de señalamientos: que hace pactos con el diablo, que busca la brujería de las espiritualidades aborígenes, que va a imponer la dictadura guei (eso dicen de todo aquel que busque un cambio), que va a obligar a las mujeres a abortar. Un influyente periodista recientemente fallecido, Antonio Caballero, lo descalificó hace cuatro años por feo.

Sigue siendo tema de análisis entre los entendidos las razones por las cuales Petro triunfó con una propuesta arriesgada, a saber: la de conformar un pacto de fuerzas dispares que confluyeran en puntos comunes. Entre esa agenda común se destacan la defensa del medio ambiente (“construir la política pública de todo el país alrededor del agua,” solía decir el entonces candidato), la implementación de los acuerdos de paz firmados en La Habana y que los colombianos rechazaron en un plebiscito de ingrata recordación, la democratización de la propiedad agraria, la educación de calidad al alcance de todos y todas, el inicio de las transiciones a fuentes más limpias de energía (lo que implica el desmonte gradual de la dependencia del petróleo), la implementación de una protección pensional que no sea susceptible a convertir la pensión en mercancía, una tributación que impulse la redistribución de la riqueza, búsquedas de políticas internacionales en torno a la defensa del medio ambiente… Así fue surgiendo el Pacto Histórico. Y las fuerzas se siguieron sumando. ¡Y sí que fueron diversas! Poco a poco los malquerientes se fueron animando.

Y el país se sumó. Ese ejercicio de construcción de diálogo y de búsqueda de acuerdo fue, sin duda, el motor que impulsó el movimiento que lo llevó a la presidencia. El Pacto Histórico les dio visibilidad a las fuerzas que hasta el momento habían venido sosteniendo la validez del ideal democrático en el país menos propicio a tales sueños. Hay consenso en que son dos las voces que predominan, y dos los rostros que se destacan: las voces juveniles y las de las mujeres; los rostros igualmente juveniles y mujeriles, y los dos a la vez, decididamente ancestrales, esto es: indígena y afrodescendiente. Fueron esos los rostros que sirvieron de punta de lanza a las movilizaciones ciudadanas del año pasado, cuando el país en pleno se volcó a las calles rechazando los desmanes de la extrema derecha en el poder, que se valió del voto depositado en sus oficiales para distribuirse entre sí los recursos públicos.

“Comienza la política del amor,” declaró Gustavo Petro cuando subió a la tarima en el Movistar Arena para dirigirse al país como su Presidente. Con esas palabras, él anunció el cambio al que minutos antes se había referido Francia Márquez. El cambio es básicamente la superación del sectarismo y el anuncio de una nueva línea de orientación: el progresismo. Se trata de la defensa de la vida o de la extinción de la especie humana.

De ahí que lo que estamos viendo es el advenimiento de la esperanza. Me pregunto si no fue eso lo que llevó a que las multitudes se volcaran a las calles a celebrar ese triunfo electoral. Al menos en Colombia la gente no celebra en las calles la elección de un nuevo presidente. A medida que, horas más tarde, veía en la televisión y en las redes sociales los videos de personas derramando alivio y alegría en la Avenida 30, en Bogotá, en la Calle 5, en Cali y hasta en el pueblo de donde viene la Vicepresidenta Márquez, no pude más que recordar lo que nos cuenta Isabel Allende cuando Chile celebró el triunfo la Unidad Popular que llevó a Salvador Allende al poder. Ella resalta dos cosas: que por primera vez muchos de entre la multitud caminaban por las calles pulcras de los barrios de la clase alta; y que ningún automóvil sufrió un rasguño.

Tampoco pude, o no quise, contener mis lágrimas. El llanto me duró hasta que mi avión aterrizó en Cali. Como bien lo recordó Petro en su discurso, son tantos los que han dado su vida para que Colombia pueda ser democrática. A muchos de ellos los recordé mientras regresaba a mi casa. Son tantos, que basta con el gesto del nuevo gobierno colombiano en la tribuna de celebración en Bogotá, el 19 de junio. Habló del gesto de haber permitido que la madre de Dylan Cruz, con la fotografía de su muchacho en alto, se dirigiera al país. A Dylan lo asesinó un capitán del ESMAD. Como él, varias generaciones de muchachos han perdido sus vidas por reclamar lo que en justicia es un bien del ser humano: la libertad de ser personas.

A Gustavo Petro y a Francia Márquez les espera una agenda ardua de reconstrucción. Tienen a su haberse constituido en “la sumatoria de las resistencias en Colombia.”

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