Dios ha muerto y la democracia perdura

Foto de archivo

ARGENTINA-

Por Diego Ramos-

Nuestro país va camino a cumplir 40 años de democracia ininterrumpida y aunque parezca obvio, estas cuatro décadas hablan de dinamismos que, entre otras cosas, implican roses y choques. Este es un primer punto que, como sociedad civil y comunidad política, no hemos aprendido del todo a construir desde “el conflicto”. La democracia es conflicto, pero ese no es el problema, la dificultad está en que a la naturaleza de nuestro ser conflictual se la ha tomado como punto de llegada y no como punto de partida. El espíritu de nuestro tiempo pareciera estar anclado en el conflicto por el conflicto mismo, impidiendo construir en los niveles de responsabilidad política consensos a largo plazo, no solo a favor de la madurez institucional, sino en decisiones para el bien de la mayoría.

La Muerte de Dios es tal vez la frase más conflictiva de Nietzsche, su pensamiento del Siglo XIX recorre este tiempo como un espectro. Su frase sigue causando escalofríos a todo esquema que se pretende “absoluto e infinito”. La Muerte de Dios no hace referencia a una deidad, no señala una identidad supra terrenal como tal, más bien es una firma de acta de defunción al pensamiento único, a todo dogmatismo, libreto y/o autoridad que se representa y presenta como única verdad, y esto vale para el terreno de la política, como para todos los ámbitos de los diferentes campos que impiden procesos de democratización.

Allí donde se estructura la realidad toda, de tal modo que no puede haber otras posibles realidades, en donde la de construcción no está permitida, al contrario, se predica la continuidad de relatos, símbolos y mecanismos con ausencia de autocrítica y condimentos de autocensuras para sostener la durabilidad en el tiempo jugando a ser infinitos (Dios). Una especie de autopoiesis, es decir, ese proceso cerrado por el cual un sistema se produce y se reproduce a través de una respuesta inmediata, sin razonar, pues su deber ser es perpetuarse, y cuando se abre, solo lo hace bajo ese fin, que, a diferencia de la praxis, toda acción le permite al ser humano transformar la naturaleza, y por lo tanto a transformarse así mismo… Sin sujeto democrático no hay democracia.   

40 años de democracia marca la necesidad de “pasar en limpio” para poder ver las asignaturas pendientes y poder nombrar con valentía aciertos y errores, también fracasos y claudicaciones.

40 años de democracia evidencian límites, cosas que no van más. Supone una capacidad de autocrítica sensata, capacidad de ruptura efectiva con prácticas que son necesarias abandonar. Hay agotamiento en cuanto a maneras de oponerse, modos de construir, de organizarse, agotamiento en cuanto a prácticas y discursos que se mantiene por la legitimidad que les dan la inercia y los años, pero que ya son estériles. La sociedad argentina ya eligió ser un país en democracia, necesitamos hacer el máximo esfuerzo para reinventar la democracia y re encantarnos de la política.

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